El cortejo comenzó con el amanecer.
A la mañana siguiente, cuando Abril llegó a su boutique, encontró algo en el escalón de piedra de la entrada.
No era un ramo extravagante. No era una caja de joyería.
Era una pequeña bolsa de papel de estraza, sin adornos. Dentro, descansando sobre una servilleta, había una sola "concha" de una panadería artesanal de la Condesa. Perfecta. Dorada, con su cubierta de azúcar crujiente dibujando el patrón de una concha de mar.
Estaba tibia al tacto. Recién hecha.
No había ninguna nota.
Abril se quedó mirando el humilde pan, su corazón dando un vuelco inesperado. Sabía, con una certeza instintiva, de quién venía.
El día anterior, él le había pedido permiso para intentarlo. Y este era su primer movimiento.
No había sido una demostración de riqueza. No había sido un gesto de poder.
Había sido un acto de escucha.
Recordó una conversación fugaz, hacía años, donde le había mencionado de pasada que esas conchas, de esa panadería específica, le recordaban a su infancia en Oaxaca. Un detalle que ella misma casi había olvidado.
Él no.
Él había recordado.
Simón observaba la escena desde su coche, estacionado al otro lado de la calle, oculto a medias por la sombra de un árbol.
Había estado allí desde antes del amanecer. Había ido a la panadería, había hecho cola como cualquier otro cliente, había elegido la pieza más perfecta.
No se sentía humillado. Se sentía… paciente.
Era el primer día de su nueva estrategia. Un lenguaje que no se basaba en la grandilocuencia, sino en la sutileza. Un lenguaje que él estaba aprendiendo a hablar, torpemente, por ella.

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