La llamada llegó una tarde de martes, rompiendo la calma monótona de la oficina de Simón.
Era la asistente de su padre, su voz tensa y profesional.
—Arquitecto Ferrer, lamento molestarlo. Es sobre su padre.
Simón se enderezó en su silla, un nudo de hielo formándose en su estómago.
—¿Qué pasa?
—Ha tenido una recaída. Los médicos… los médicos dicen que es grave. Le dan poco tiempo.
Las palabras flotaron en el aire, frías e impersonales. Don Alejandro Ferrer, el titán, el rey, el hombre que parecía tallado en granito, se estaba muriendo.
La reacción de Simón no fue la que él mismo habría esperado. No hubo una explosión de dolor, ni pánico, ni negación.
Solo una tristeza profunda y contenida. La ruptura entre ellos había sido tan violenta, tan absoluta, que el dolor ya había sido procesado. Lo que quedaba era el eco hueco de una pérdida que había ocurrido hacía meses, en aquel comedor silencioso.
Colgó el teléfono. Se quedó mirando por la ventana durante un largo rato. La ciudad seguía moviéndose, ajena a la caída de sus gigantes.
No pensó en la herencia. No pensó en el negocio.
Pensó en Abril.
Esa tarde, se presentó en la boutique.
El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de la Roma con tonos de naranja y violeta. La luz cálida que emanaba de "Aromas del Alma" parecía un refugio contra la inminente oscuridad.
No intentó entrar. No forzó su presencia.
Tocó la puerta.

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