El día siguiente fue un limbo.
Abril se movió por su boutique, su santuario, como una sonámbula. Supervisó a sus empleados, respondió correos electrónicos, olió tiras de papel con nuevas pruebas de esencias. Su cuerpo ejecutaba las tareas de su vida con una precisión impecable, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en el patio interior de la noche anterior, en la mirada desnuda de Simón.
La petición de ver a Don Alejandro era una piedra en el estanque de su recién encontrada paz.
Por un lado, sentía el eco de cinco años de resentimiento. El desprecio frío por el hombre que había orquestado su encarcelamiento, el arquitecto de su jaula de oro. El hombre que la había mirado en innumerables cenas familiares con ojos que no veían nada. ¿Por qué debería concederle la paz en su lecho de muerte? ¿Qué le debía ella a él, salvo desprecio?
Pero por otro lado, estaba la imagen de Simón.
El hombre roto que había respetado su autonomía. El hombre que no le había pedido nada, que simplemente le había informado de un deseo, dejándola completamente libre. Negarse a ir no sería un castigo para Don Alejandro, que ya enfrentaba su propio juicio final. Sería un rechazo al nuevo Simón. Sería decirle que su cambio, su doloroso y humillante arrepentimiento, no significaba nada.
Se sentía atrapada entre la justicia y la gracia. Entre el pasado y la posibilidad de un futuro.
Necesitaba una voz que no estuviera contaminada por el dolor. Necesitaba sabiduría, no consejo.
Se retiró a su oficina, cerró la puerta y marcó el número que conocía de memoria, el que la conectaba con sus raíces, con su verdad más profunda.
El teléfono sonó en una pequeña casa de adobe en un valle de Oaxaca, y la voz que respondió era tan cálida y familiar como el sol de su infancia.
—¿Bueno?
—Abuela —dijo Abril, y el simple hecho de pronunciar la palabra la ancló, la calmó—. Soy yo.
Le contó todo. Con una honestidad brutal, le relató la petición de Simón, la enfermedad de Don Alejandro, su propia y paralizante indecisión. No se guardó nada, ni la ira, ni la confusión, ni la extraña punzada de compasión que la atormentaba.
Su abuela escuchó en silencio, como siempre lo hacía, dejando que las palabras de Abril llenaran el espacio entre ellas, que el veneno saliera.
Cuando Abril terminó, el silencio se prolongó por un momento.
—Mi niña —dijo finalmente la anciana, su voz era serena, como el murmullo de un río—. Escucho la tormenta en tu corazón.
—No sé qué hacer, abuela. No sé qué es lo correcto.

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