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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 209

El hospital era un mundo de blancos asépticos y silencios amortiguados.

El olor a antiséptico y a enfermedad era un asalto a los sentidos de Abril, tan acostumbrados a la vida de las flores y las resinas. Cada pasillo, cada rincón, parecía susurrar la fragilidad de la vida.

Encontró a Simón esperando fuera de la suite privada, en el pasillo silencioso del ala de cuidados paliativos.

Estaba de pie, no sentado. Su postura era tensa, su rostro demacrado por la falta de sueño. Cuando la vio acercarse, una oleada de alivio y gratitud cruzó su rostro, tan visible que casi la hizo retroceder.

No dijo nada. Simplemente asintió hacia la puerta cerrada.

—Está despierto. Te está esperando.

Se hizo a un lado, dándole el paso, respetando la promesa de no presionarla, de no interferir. Le estaba dando completa privacidad para su confrontación final.

Abril respiró hondo, se armó de la calma que le había dado la voz de su abuela, y entró en la habitación.

El hombre en la cama era un extraño.

Don Alejandro Ferrer, el titán de la construcción, el patriarca cuya voz de trueno podía hacer temblar a juntas directivas enteras, había desaparecido.

En su lugar, había un anciano frágil, hundido en un mar de almohadas blancas. La piel de su rostro, antes tensa por el poder, ahora colgaba laxa de sus pómulos. Estaba conectado a un laberinto de tubos y monitores que emitían un suave y rítmico pitido, el metrónomo de una vida que se apagaba.

Sus ojos, antes dos esquirlas de hielo, ahora estaban acuosos y nublados por el dolor y la medicación.

Cuando la vio entrar, esos ojos se llenaron de lágrimas.

Un sonido gutural, un sollozo ahogado, escapó de su garganta. Intentó incorporarse, pero el esfuerzo fue demasiado.

—Abril… —su voz era un susurro rasposo, apenas audible por encima del zumbido de las máquinas.

Ella se acercó a la cama. No se sentó. Se quedó de pie, una figura serena vestida de negro, mirándolo sin expresión.

—Ha venido —susurró él, las lágrimas rodando por las sutiles arrugas de sus sienes.

Luchó por respirar, cada palabra era una batalla.

—Necesitaba… necesitaba pedirte… perdón.

Abril no respondió. Simplemente esperó. Le concedió la dignidad de terminar.

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