El mundo no esperó a que Abril procesara su catarsis.
El futuro llegó esa misma tarde, no con uno, sino con dos mensajeros, cada uno portador de una visión de vida tan diferente como el día y la noche.
Estaba en su oficina, la luz del atardecer entrando por la ventana, cuando su teléfono vibró con un mensaje de Julián Andrade.
La foto que adjuntaba era de Le Marais, en París. Una calle adoquinada, una boutique con una fachada elegante y toldos a rayas, gente chic bebiendo vino en las terrazas de los cafés.
El texto que seguía era tan elegante y directo como él.
"Abril, he estado pensando. Y he estado hablando con mis socios. Están tan impresionados con 'Raíces del Cielo' como yo. Queremos hacerte una oferta".
El corazón de Abril dio un vuelco.
"Un contrato para abrir la primera sucursal europea de 'Aromas del Alma' aquí, en el corazón de Le Marais. Mis socios y yo financiaremos todo. Sería una sociedad. Tu arte, tu alma, y mi conocimiento del mercado europeo. Juntos, conquistaríamos el viejo mundo".
Abril se quedó mirando la foto, la promesa de una vida diferente brillando desde la pantalla. París. Arte. Una nueva aventura.
Y entonces, llegó la última parte del mensaje.
"Y… si lo consideras, también es una invitación. A empezar una vida nueva, en un lugar nuevo. Juntos".
La oferta era vertiginosa. Un futuro limpio, sin complicaciones. Un camino pavimentado de respeto, admiración y una química intelectual que la electrizaba. Era la opción lógica. La opción saludable. La vía de escape perfecta del complicado y doloroso nudo que era su vida en México.
Se sentía como un sueño.
Justo cuando su mente daba vueltas, imaginando el olor de los croissants por la mañana y las tardes pasadas en el Louvre, un correo electrónico apareció en la bandeja de entrada de su computadora.
El remitente era Ricardo Abascal, el abogado de Simón. El asunto era escueto: "Documentación Final".
Con un sentimiento de aprensión, abrió el correo.
No era una nueva táctica legal. No era una contraoferta en el divorcio.

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