De vuelta en la Ciudad de México, el invernadero se transformó en un laboratorio sagrado.
Abril desplegó sus tesoros oaxaqueños sobre la mesa de trabajo: bultos de tela que contenían hojas secas, frascos con resinas ambarinas y pétalos de cempasúchil que aún conservaban el color del sol.
El proceso de creación comenzó. No fue un acto de química, sino un ritual.
Primero, encendió un trozo de carbón en un sahumador de barro y colocó sobre él una lágrima de resina de copal. El humo blanco y aromático ascendió en espirales, purificando el aire, limpiando el espacio de cualquier energía que no fuera la de la creación. [Imagen de humo de incienso de copal]
Abril cerró los ojos e inhaló profundamente, dejando que el aroma ancestral calmara su mente y agudizara sus sentidos.
Luego, comenzó la destilación. El viejo alambique de cobre de su abuela, que había permanecido inactivo durante años, fue encendido. El calor suave comenzó a liberar los aceites esenciales de las hojas de damiana y cedrón. El vapor, cargado de esencia, viajaba por el serpentín de cobre, enfriándose y condensándose en un líquido precioso y fragante que goteaba lentamente en un matraz de cristal.
Sus manos se movían con una memoria y precisión innatas. No había prisa. Cada movimiento era deliberado. Molía las hierbas en el mortero de obsidiana, medía los aceites con goteros de vidrio, mezclaba las tinturas con una varilla de cristal.
No estaba siguiendo una receta al pie de la letra del grimorio. El libro era su mapa, pero ella era la exploradora. Tomaba las fórmulas antiguas de su abuela y las deconstruía, las entendía en su nivel más fundamental y luego las reconstruía con su propia intuición.
Añadió un toque de bergamota para darle una salida cítrica y brillante que representara la claridad. Modernizó la base, usando una tintura de madera de encino que ella misma había preparado, para darle una solidez terrenal y masculina.

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