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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 212

Al día siguiente, el sol de Oaxaca lo inundó todo.

Abril pasó el día entero con su abuela, Elia. No en el silencio del taller, sino en el bullicio vivo de su hogar.

La casa era pequeña, de paredes gruesas de adobe que mantenían el interior fresco. El patio central era un exuberante y caótico jardín donde las hierbas medicinales crecían junto a los chiles y los rosales.

No hablaron de lo importante. Y, sin embargo, hablaron de todo lo que importaba.

No mencionaron el nombre de Simón. No pronunciaron la palabra París. No discutieron sobre fundaciones multimillonarias ni sobre ofertas de socios comerciales.

Hablaron de la tierra.

—La lluvia de anoche fue buena —dijo Elia, sus manos expertas desgranando una mazorca de maíz azul—. La milpa estaba sedienta.

Hablaron de recetas.

—Le puse un poco de hoja de aguacate al mole esta vez —comentó Abril, mientras removía la pasta oscura y fragante en una olla de barro sobre el fogón—. Como me enseñaste.

—La hoja de aguacate le da profundidad —asintió su abuela, probando con una cuchara de madera—. Le habla al corazón del chile.

Hablaron de las historias del pueblo. De la hija del panadero que se había casado. Del viejo Don Ismael que juraba haber visto un nahual en el cerro.

Era una conversación tejida con los hilos de lo cotidiano, una letanía de vida que calmaba el alma de Abril, recordándole que el mundo era mucho más grande que sus propios y complicados dramas.

Por la tarde, su abuela la llevó al fondo del patio, a un pequeño invernadero improvisado que había construido con carrizo y plástico.

Dentro, el aire era cálido y húmedo. En una serie de macetas de barro, crecía una planta de hojas verdes y aterciopeladas, con pequeñas flores amarillas que parecían estrellas.

—Mira —dijo Elia, su rostro arrugado iluminado por una sonrisa orgullosa—. Es una nueva variedad de damiana que he estado cultivando.

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