El perfume estaba listo.
Abril sostuvo el líquido dorado a la luz del invernadero, observando su densidad, su claridad. Era perfecto.
Con el cuidado de un joyero, usó una pipeta de cristal para transferir la fragancia a su recipiente final.
No era una botella ostentosa. Había elegido un frasco de cristal grueso y tallado, de líneas limpias y masculinas. Simple pero elegante. El tapón era un cilindro de madera de encino oscura, pulido a mano hasta obtener un brillo satinado.
No le puso una etiqueta. La fragancia hablaría por sí misma.
Pero en su mente, ya tenía un nombre para su creación.
"Legado".
Lo guardó en una caja de madera sin adornos y concertó su cita.
Al día siguiente, se encontró de nuevo en las imponentes oficinas de Ortiz Media. Esta vez, Laura la condujo directamente al despacho del propio Elías Ortiz.
Era una oficina enorme, con una vista espectacular de la ciudad, pero decorada con un gusto sobrio. Libros, arte oaxaqueño y fotografías familiares.
Elías Ortiz, un hombre cuya presencia llenaba la habitación, se levantó de su escritorio para recibirla.
—Señora Lozano —dijo, con una voz profunda que imponía respeto—. Estaba esperando este día.
—Señor Ortiz —respondió Abril, con una calma profesional—. Espero que el resultado esté a la altura de su confianza.
Le entregó la caja de madera.
Él la abrió con una curiosidad palpable. Sacó el frasco, admirando su sencillez.


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