Una semana antes del evento social más importante del año, un sobre llegó a la mansión Ferrer.
No era una factura ni correspondencia ordinaria. Era un sobre grande, cuadrado, de un papel grueso color crema con la textura del lino. No tenía remitente, solo el sello de cera de "Ortiz Media" en la parte posterior, un águila estilizada sobre un libro abierto.
El mayordomo lo dejó sobre la mesa de plata del vestíbulo.
Simón fue el primero en verlo. Reconoció el sello de inmediato. La Gala Anual de Ortiz Media era un evento al que había intentado conseguir una invitación durante años, sin éxito. Era el epicentro del poder en México; asistir era una declaración de estatus.
Con una oleada de curiosidad y un poco de ego, asumió que la invitación era para él. Quizás Ortiz, a pesar de su frialdad, finalmente había reconocido su importancia en el mundo de la arquitectura.
Tomó el sobre. El cartón era pesado, de una calidad excepcional.
Lo abrió con cuidado. Dentro, una sola tarjeta, grabada con una tipografía elegante y tinta dorada.
Sus ojos escanearon el texto, buscando su nombre.
No lo encontraron.
La invitación estaba dirigida, con una caligrafía impecable, a:
"Sra. Abril Lozano y acompañante".
Simón leyó la línea dos veces. Luego tres.
Sra. Abril Lozano.
Y acompañante.
El mundo pareció inclinarse sobre su eje por un segundo. Él. Simón Ferrer. El CEO de Ferrer Arquitectos. El hombre al que todos adulaban.
Era el "+1".
—Espero que puedas acompañarme.
La pregunta era una formalidad. Ambos sabían que no era una petición, sino una orden envuelta en seda.
La dinámica de poder se había invertido de una forma tan completa y silenciosa que lo dejó sin aire.
Rechazar la invitación era impensable. Sería admitir la derrota, admitir que el poder de Elías Ortiz lo intimidaba. Sería darle a Abril la satisfacción de ir sola y ser el centro de atención.
Aceptar, por otro lado, era someterse. Era caminar a su lado como un accesorio, un consorte.
Se sintió atrapado, acorralado por la cortesía de su propia esposa.
Apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió.
—No me lo perdería por nada —dijo, su voz era un gruñido bajo y controlado.

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