Abril no tocó ni uno solo de los vestidos que Simón le había comprado.
Los ignoró como si fueran reliquias de una vida pasada, de una mujer que ya no existía.
En los días previos a la gala, usó su propio dinero, el fruto de su trabajo con el señor Ortiz, para hacer una sola compra.
Visitó el atelier de Carla Fernández, la aclamada diseñadora mexicana conocida por su fusión de alta costura con la tradición textil artesanal. No quería un vestido europeo; quería una declaración de principios.
Eligió una pieza que era, en sí misma, una obra de arte.
Era un vestido largo, de seda negra, con un corte asimétrico que era a la vez moderno y atemporal. Pero su magia residía en los detalles. Bordados a mano por artesanas oaxaqueñas, intrincados patrones de flores y figuras geométricas en hilos de oro y plata recorrían un hombro y caían en cascada por la espalda.
Era audaz. Poderoso. Un homenaje a sus raíces y un símbolo de su renacimiento.
La noche de la gala, se preparó sin prisa. Su maquillaje era sutil, su cabello recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello. Su única joya era un par de pendientes de filigrana de plata, comprados en un pequeño taller en Oaxaca.
Cuando estuvo lista, se miró al espejo. La mujer que le devolvió la mirada era una extraña. Elegante, serena y con un fuego inconfundible en los ojos.
Bajó la gran escalera de la mansión.
Simón la esperaba en el vestíbulo, impaciente, mirando su reloj. Llevaba un esmoquin impecable, pero su rostro estaba tenso.
Levantó la vista al oír sus pasos.
Y se quedó helado.


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