El Salón de Fiestas del Palacio de Bellas Artes era un espectáculo de opulencia. Mármol, frescos Art Déco en los techos altísimos y el murmullo de cientos de conversaciones, una sinfonía del poder y la influencia.
La élite de México estaba allí: magnates, políticos, artistas y socialités.
El anfitrión de la noche, Elías Ortiz, se movía entre sus invitados con una calma imponente. No necesitaba buscar a la gente; la gente iba a él.
Y esa noche, algo más lo acompañaba.
Una estela.
Una fragancia sutil pero inconfundible, que se adhería al aire a su paso. No era agresiva ni abrumadora como las nubes de perfume que llevaban los demás. Era magnética, intrigante.
Un banquero de inversión, conocido por su gusto impecable, fue el primero en romper el protocolo.
—Elías —dijo, interrumpiendo una conversación sobre el mercado de valores—, perdona mi indiscreción, pero debo preguntar. ¿Qué fragancia llevas? Es extraordinaria.
Ortiz sonrió levemente.
—Un encargo personal. Me alegro de que te guste.
Continuó su camino.
Diez minutos más tarde, fue una senadora, una de las mujeres más poderosas del país.
—Elías, qué aroma tan... cautivador. Tiene carácter. ¿Es francés?
—Es mexicano —respondió Ortiz, y el orgullo en su voz fue inconfundible.
El murmullo comenzó a crecer.
El perfume se convirtió en el tema secreto de conversación de la noche.


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