Simón se quedó anclado en el sitio, observando la escena con una incredulidad que se transformaba lentamente en una rabia sorda.
A su lado, Valentina intentaba desesperadamente mantener la compostura, proyectando un aire de aburrimiento y desdén.
—Es solo un perfume —le susurró a Bruno, con una risa forzada que no llegó a sus ojos—. La gente rica se aburre y se emociona con cualquier novedad. Mañana se habrán olvidado.
Pero sus palabras sonaban huecas, un conjuro inútil contra la abrumadora evidencia que se desarrollaba ante ellos.
La fragancia no era una novedad pasajera; era un centro de gravedad.
El murmullo no disminuía, sino que crecía en intensidad.
Ahora la gente no solo le preguntaba a Ortiz por el perfume, sino que discutían entre ellos quién podría ser el misterioso creador.
La escena culminó cuando Ricardo Lira, un banquero de la competencia y el mayor rival de Simón en los círculos financieros, se abrió paso hasta el señor Ortiz.
Lira, un hombre que nunca mostraba sus cartas, tenía una expresión de genuina codicia en el rostro.
—Elías, seamos directos —dijo, su voz lo suficientemente alta para que los que estaban cerca, incluyendo a Simón, pudieran oír—. Te ofrezco medio millón de dólares. Ahora mismo. Solo por el nombre y el contacto de tu perfumista.
El salón a su alrededor pareció contener la respiración.
Elías Ortiz soltó una carcajada profunda, una risa que no era de burla, sino de puro poder.
—Ricardo, mi amistad no está en venta. Y el talento de esta artista, mucho menos.
Le dio una palmada en el hombro y se alejó, dejando al banquero con la palabra en la boca y una expresión de frustración.
Fue en ese preciso instante que todas las piezas cayeron en su lugar dentro de la mente de Simón.
Fue una colisión violenta de hechos que hasta ahora habían flotado sin conexión.
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