Poco después, las luces del gran salón disminuyeron su intensidad. Una música suave indicó a los invitados que tomaran sus asientos.
El momento culminante de la noche había llegado.
Elías Ortiz subió al escenario, un podio de madera oscura esperándolo en el centro. Las pantallas gigantes a sus lados mostraban el logo de Ortiz Media.
Un silencio respetuoso se apoderó de la sala.
Simón se sentó en su mesa, su cuerpo rígido, sus manos hechas puños sobre el mantel de lino. Valentina, a su lado, no dejaba de lanzarle miradas ansiosas, sin entender su repentino y oscuro cambio de humor.
Abril estaba sentada con una calma imperturbable, su rostro sereno, sus ojos fijos en el escenario.
El señor Ortiz se aclaró la garganta, y su voz profunda resonó a través de los altavoces.
—Buenas noches a todos. Gracias por acompañarnos en esta celebración de un año más de éxitos.
Comenzó su discurso hablando del futuro de los medios, de la disrupción digital, de la innovación. Palabras que todos esperaban escuchar.
Pero luego, su tono cambió. Se volvió más personal, más introspectivo.
—Pero esta noche no quiero hablarles solo de negocios. Quiero hablarles de algo más importante. Quiero hablarles de legado.
Hizo una pausa, su mirada recorriendo a la audiencia.
—Un legado, como saben, no se construye con imitaciones o superficialidad. Se construye con raíces, con alma, con una voz propia.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa