Un único foco de luz blanca atravesó la penumbra del salón, encontrando a Abril en su asiento.
Por un instante, todas las miradas de la élite mexicana se posaron sobre ella.
No hubo vacilación. No hubo sorpresa.
Se levantó con una gracia y una confianza que silenció cualquier duda en la sala.
El vestido de seda negra y bordados dorados pareció cobrar vida bajo la luz, convirtiéndola en una figura casi regia.
Mientras caminaba hacia el escenario, pasó junto a la mesa de Simón. No lo miró.
Su atención estaba al frente, en su futuro.
Simón y Valentina la observaban como si vieran a un fantasma.
Sus rostros eran máscaras idénticas de incredulidad, shock y un horror que apenas comenzaba a florecer.
Era imposible. La mujer que subía a ese escenario no podía ser la misma mujer gris y silenciosa que vivía en su casa.
Abril subió los escalones y se paró junto a Elías Ortiz, no como su protegida, sino como su igual. Él le entregó el micrófono con una sonrisa de genuino orgullo.
Ella se acercó al podio. Su mirada recorrió el salón, tranquila y firme.
Su voz, cuando habló, fue clara como el cristal, sin un atisbo de nervios.
—Gracias, señor Ortiz. Y gracias a todos ustedes.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras resonaran.
—Para mí, un perfume es mucho más que un aroma agradable. Es la memoria embotellada.


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