La mañana siguiente a la gala, el mundo había cambiado.
El nombre de Abril Lozano estaba en boca de todos. Las columnas de sociales de los periódicos más importantes del país no hablaban de otra cosa.
"La Misteriosa Perfumista de Oaxaca".
"El Arma Secreta de Elías Ortiz".
"Nace una Estrella en el Firmamento del Lujo Mexicano".
Las fotografías de ella en el escenario, elegante y serena en su vestido de Carla Fernández, estaban por todas partes.
En la mansión Ferrer, el silencio del desayuno era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
El personal de servicio se movía con un sigilo casi reverencial, sintiendo la tensión palpable entre el señor y la señora de la casa.
Simón intentaba desesperadamente proyectar una imagen de normalidad. Leía el periódico financiero, sorbía su café, actuaba como si la noche anterior no hubiera ocurrido.
Pero la procesión iba por dentro. Su orgullo no estaba herido; estaba destrozado.
Abril, por su parte, estaba sentada frente a él, completamente tranquila. Desayunaba fruta fresca mientras leía las noticias sobre sí misma en su tableta, una pequeña sonrisa jugando en sus labios.
Finalmente, Simón no pudo soportarlo más. Dobló el periódico con un golpe seco sobre la mesa.
—Parece que te has vuelto famosa de la noche a la mañana —dijo, su voz era una mezcla de sarcasmo y resentimiento—. Espero que sepas manejar la atención.
Esperaba una reacción. Quizás un poco de nerviosismo, de inseguridad. Algo que le permitiera recuperar una pizca de control.
No obtuvo nada.
Abril levantó la vista de su tableta, sus ojos se encontraron con los de él sin vacilar.
—La atención no me preocupa, Simón —respondió con una calma glacial—. La calidad de mi trabajo hablará por sí misma.
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