La suite presidencial del Hotel St. Regis era un santuario de lujo silencioso, con vistas panorámicas al Castillo de Chapultepec. [Imagen del Castillo de Chapultepec]
En medio de un sofá de terciopelo blanco, esperaba Regina Bermúdez.
La actriz de telenovelas más famosa de México era exactamente como aparecía en pantalla: dramática, apasionada y con una presencia que llenaba cada rincón de la habitación.
Llevaba un caftán de seda y sostenía una copa de champán, a pesar de que apenas eran las tres de la tarde.
—Señora Lozano —dijo, su voz era un ronroneo teatral—. O debería decir, el milagro de Oaxaca.
Abril sonrió y le tendió la mano.
—Abril, por favor. Gracias por recibirme, señora Bermúdez.
—Regina, querida. Todas las formalidades me aburren.
Le indicó a Abril que se sentara frente a ella.
—He oído maravillas de usted. Elías Ortiz no es un hombre que se impresione fácilmente. Y lo que hizo por él... crearle un alma embotellada. ¡Magnífico!
Regina se inclinó hacia adelante, su intensidad era magnética.
—Necesito de su magia, Abril. Estoy a punto de interpretar el papel de mi vida. La villana más icónica de la televisión en una década. Catalina "La Viuda Negra".
Sus ojos brillaron con malicia.
—Quiero un perfume para ella. Algo que huela a peligro. A una promesa venenosa envuelta en seda. A seducción.
Se recostó de nuevo, esperando que Abril sacara un cuaderno y comenzara a tomar notas.
Pero Abril no lo hizo.
Simplemente la observó, su mirada atenta y profunda.


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