La noticia del triunfo de Abril en la gala y su posterior contrato con Regina Bermúdez se extendió como la pólvora, llegando a oídos de Valentina como un eco ensordecedor de su propia derrota.
La rabia la consumía. La idea de que Abril, la mujer a la que consideraba un cero a la izquierda, estuviera codeándose con la élite y siendo aclamada como un genio, era un insulto insoportable.
Decidió que no se quedaría de brazos cruzados. Si Abril quería jugar a la guerra de los perfumes, ella le enseñaría lo que era una verdadera ofensiva.
Movilizó todos sus recursos.
Usó los contactos superficiales que le quedaban de su fallido tiempo en Milán. Invocó el poderoso apellido de Simón Ferrer, presentándose como su futura esposa y la verdadera autoridad en lujo dentro de la familia.
Consiguió una reunión con los altos ejecutivos de una de las casas de belleza más grandes del mundo, una marca global con sede en París que buscaba desesperadamente penetrar en el mercado latinoamericano.
En la sala de juntas, Valentina fue un torbellino de encanto y promesas. Les vendió una visión de glamour europeo adaptado al público mexicano, una visión donde ella, por supuesto, era la protagonista.
Les habló del poder de Simón, de la influencia de su círculo, de su propia imagen como icono de la moda.
Y lo consiguió.
Una semana después, sus redes sociales explotaron con el anuncio.
"Valentina Salazar, el nuevo rostro de 'Belle Âme', la nueva fragancia global de Laurent Dubois Paris".
La campaña de marketing fue inmediata, masiva y ruidosa.


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