La campaña masiva de Valentina no alteró en lo más mínimo la rutina de Abril.
Mientras el rostro de su rival empapelaba la ciudad, ella se refugiaba en el silencio y la concentración de su invernadero.
Su santuario.
Allí, el mundo exterior, con su ruido y su superficialidad, se desvanecía. Solo existían los aromas, las texturas, la alquimia.
Su atención estaba volcada por completo en el perfume de Regina Bermúdez. "La Viuda Negra".
No era un encargo sencillo. Requería un equilibrio perfecto entre la opulencia y el peligro, entre la belleza y la ponzoña.
Abril se movía con una precisión casi ritual.
Sobre su mesa de trabajo de madera, reposaban los ingredientes seleccionados.
Un absoluto de nardo, la flor más carnal y narcótica, que representaba la fachada seductora de la villana.
Granos de pimienta negra, recién molidos en su mortero de obsidiana, para aportar un picor inesperado, una chispa de crueldad.
Unas gotas de tintura de cuero, que evocaban el lujo, el poder y un toque de dominación.
Y el alma del perfume, el secreto: un destilado de mezcal Tobalá, silvestre y ahumado, el corazón salvaje y oaxaqueño que latía bajo las capas de sofisticación.
Trabajaba durante horas, sus manos moviéndose con una memoria ancestral. Mezclaba, calentaba, enfriaba. Era una danza de instinto y técnica.
El resultado era una fragancia audaz, casi insolente. Un aroma que no pedía permiso. Adictivo y peligroso.
Justo cuando estaba dejando macerar la primera muestra, una llamada interrumpió su concentración. Era Laura, la asistente del señor Ortiz.
—Abril, disculpa la molestia. Tengo una solicitud... delicada.



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