Una semana después, la élite de la ciudad se congregó para un evento de un calibre completamente diferente.
La gala benéfica anual del DIF.
No era una fiesta de lanzamiento de producto; era el corazón del poder filantrópico y político de México. Se celebraba en el antiguo Claustro de Sor Juana, un lugar con historia y solemnidad. [Imagen del Claustro de Sor Juana] La entrada era aún más exclusiva que la de la gala de Ortiz.
Abril asistió.
Esta vez, llegó sola.
Su presencia ya no causaba sorpresa, sino un murmullo de respeto y curiosidad. Llevaba un vestido de lino negro, de corte impecable, que susurraba elegancia en lugar de gritarla. Era la encarnación de su marca.
Valentina también estaba allí, aferrada al brazo de Simón, luciendo un vestido de plumas que parecía un poco fuera de lugar en el ambiente sobrio del claustro.
La noche transcurría con discursos y donaciones.
Y entonces, las puertas principales se abrieron de par en par.
Regina Bermúdez hizo su entrada triunfal.
La famosa actriz no necesitaba hacer ruido para acaparar la atención. Llevaba un vestido de terciopelo verde oscuro que se ceñía a su figura como una segunda piel.
Pero no fue su vestido lo que detuvo las conversaciones.
Fue su aroma.
Una estela invisible, oscura y magnética, que se extendía a su paso.
No era un perfume. Era una declaración de intenciones.


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