Ricardo "El Lobo" Mendoza se movía por la gala del DIF como un depredador en su territorio de caza.
Sus ojos oscuros no se perdían de nada, evaluando, juzgando, buscando la historia. Y esa noche, la historia tenía un aroma.
Fijó su mirada en Regina Bermúdez, que estaba rodeada por un círculo de admiradores. Esperó pacientemente a que el grupo se disipara y entonces, se acercó.
—Regina, querida —dijo, su voz era un susurro grave que cortaba el murmullo del salón—. Has eclipsado la luna esta noche.
Ella se giró, reconociéndolo al instante. Una sonrisa de genuino placer iluminó su rostro. Sabía que ganarse a "El Lobo" era la verdadera victoria social.
—Lobo, siempre tan poético —respondió ella.
Él no sonrió. Su mirada se desvió por un segundo, como si oliera el aire a su alrededor.
—Pero dime, ¿qué es esa fragancia tan... letal que llevas puesta? No es tu perfume de siempre. Conozco todos tus venenos, y este es nuevo.
La sonrisa de Regina se ensanchó hasta convertirse en un gesto de puro triunfo. Se inclinó hacia él, como si compartiera el secreto de estado más importante.
—Es un secreto, Lobo. O lo era hasta ahora. Es una creación a medida.
—¿De quién? —presionó él, su curiosidad era palpable.
—De la única perfumista que importa en México ahora mismo —declaró Regina, su voz resonando con orgullo—. Abril Lozano.
Ricardo asintió lentamente, procesando el nombre que ya había escuchado en la gala de Ortiz. Sus ojos brillaron. Había encontrado a la protagonista de su próxima columna.
Valentina, que había estado observando la escena desde lejos con una envidia corrosiva, vio su oportunidad. Si Ricardo estaba hablando de perfumes, ella tenía que intervenir.


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