La mañana siguiente, la columna de Ricardo "El Lobo" Mendoza en el periódico de mayor circulación del país cayó como una bomba.
El título era simple y brutal: "Ruido y Leyendas".
Simón estaba en su imponente oficina en el último piso del corporativo Ferrer Arquitectos. Sostenía el periódico, sus nudillos blancos por la presión.
Leía el extracto por tercera vez, las palabras grabadas a fuego en su mente.
"...la noche de ayer nos demostró la diferencia fundamental entre la desesperación y el genio. Por un lado, una campaña publicitaria millonaria para un perfume que huele a pasillo de tienda departamental, un aroma tan predecible y seguro que su único pecado es la intrascendencia. (Sí, Valentina, te hablo a ti)".
Simón sintió una oleada de ira. La humillación pública de Valentina era, por extensión, la suya. Él era el hombre a su lado. Su nombre estaba implícito en ese fracaso.
Pero la rabia se mezcló con algo más complejo cuando leyó el siguiente párrafo.
"Y por otro lado, el silencio. Un aroma que no necesita gritar porque es una declaración en sí mismo.
La discreta genialidad de Abril Lozano, encarnada en el perfume 'Veneno' que portaba la inigualable Regina Bermúdez, es un trago de mezcal ancestral: puro, complejo y te golpea cuando menos lo esperas, dejándote una marca imborrable. Una crea ruido para existir. La otra crea leyendas en silencio".
Una punzada.
No era solo ira. Era algo más. Algo que se parecía peligrosamente al orgullo.
Un orgullo retorcido y confuso por la habilidad de la mujer que él había despreciado. La mujer cuyo talento él nunca se había molestado en conocer.
El teléfono de su escritorio sonó, sacándolo de sus pensamientos. Era su socio principal, Javier de la Torre, un inversionista pragmático y sin sentimentalismos.


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