Esa noche, Simón no fue a cenar con Valentina.
Tenía un nuevo objetivo, una estrategia que se había formado en su mente a lo largo del día. Una estrategia alimentada por la llamada de su socio, la presión de sus inversionistas y, sobre todo, su propio y magullado ego.
Si el mundo de los negocios veía a Abril como un activo valioso, entonces él, como su esposo, debía ser quien controlara ese activo. Era lógico. Era lo que siempre había hecho: controlar todo lo que le pertenecía.
Llegó a la mansión con una determinación fría. No subió a su estudio. Cruzó el impecable salón, salió a la terraza y se dirigió directamente al jardín trasero. Hacia el invernadero.
Era un camino que rara vez tomaba. El jardín era un paisaje que daba por sentado, el telón de fondo de su vida. Pero esa noche, cada paso se sentía diferente. Se sentía como si estuviera cruzando una frontera invisible.
Las luces del interior de la estructura de cristal estaban encendidas, proyectando una silueta solitaria. La silueta de Abril, moviéndose con una gracia tranquila entre las plantas y los frascos.
Se detuvo frente a la puerta. Por primera vez en cinco años, cruzó el umbral.
El aire en el interior lo golpeó primero. Era denso, casi palpable. Una mezcla compleja de tierra húmeda, del aroma agudo de hierbas secas, y el rastro persistente de alguna creación olfativa que no pudo identificar. Olía a vida, a secretos. Era el mundo de ella. Un territorio sagrado y completamente desconocido para él.
Abril estaba de espaldas a la puerta, inclinada sobre la mesa de trabajo, moliendo algo en el pesado mortero de obsidiana.
Sintió su presencia sin necesidad de oírlo. Su cuerpo se tensó por una fracción de segundo, y luego se relajó.
Se giró lentamente, sin sorpresa, casi como si lo hubiera estado esperando.
No había miedo en sus ojos. Ni ira. Solo una calma profunda, expectante.
—Simón —dijo, su voz era neutra, el simple reconocimiento de su presencia.
Él no respondió al saludo. Su mirada de arquitecto, acostumbrada a evaluar estructuras y espacios, recorrió el lugar. No era el desorden de una aficionada. Era el orden de una profesional. Los estantes con frascos de cristal oscuro, meticulosamente etiquetados. El pequeño alambique de cobre, pulido hasta brillar. Los cuadernos de cuero con anotaciones precisas. No era un taller. Era un laboratorio.

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