Simón terminó su propuesta, su voz resonando en el silencio del invernadero.
La oferta quedó flotando en el aire denso y perfumado, una red de poder y control disfrazada de oportunidad. Él la miraba, esperando. Esperando la gratitud, la sorpresa, la rendición.
Abril no se movió.
No parpadeó.
Simplemente lo escuchó, su rostro una máscara de serenidad, hasta que la última palabra de él se extinguió.
El silencio que siguió fue largo y pesado. No era un silencio de consideración. Era un silencio de juicio.
Finalmente, ella dejó el mazo de obsidiana sobre la mesa de madera con un sonido suave y definitivo. Se giró para mirarlo de frente, y por primera vez esa noche, Simón vio más allá de la calma.
Vio un frío glacial en sus ojos. Un frío que quemaba.
—¿Integrarla? —repitió ella, su voz era baja, casi un susurro, pero cortaba el aire como el filo de un cuchillo—. ¿A tu conglomerado?
Una pequeña sonrisa, desprovista de cualquier calidez, apareció en sus labios.
—Simón, no entiendes nada.
Él frunció el ceño, la confusión comenzando a erosionar su fachada de suficiencia.
—Esto no es un "pasatiempo" —continuó ella, su voz ganando fuerza con cada palabra—. No es un "negocio" que puedas adquirir.
Dio un paso hacia él, acortando la distancia, invadiendo el espacio de poder que él había intentado crear.
—Esto es el legado de mi abuela. Es la sabiduría de generaciones de mujeres que fueron más fuertes y más sabias de lo que tú jamás podrás imaginar. Es mi nombre. Y es mi libertad.
La frustración de Simón estalló. Su plan, tan perfecto en su mente, se estaba desmoronando frente a la incomprensible obstinación de ella.
El significado oculto era inconfundible. Divorcio. El final.
Sin esperar respuesta, le dio la espalda.
Fue un gesto de desdén final. Un despido.
Recogió el mazo de obsidiana y continuó moliendo las hierbas secas en el mortero. El sonido rítmico y constante de la piedra contra la piedra llenó el invernadero.
Era el sonido de su mundo continuando, un mundo en el que él ya no tenía cabida.
Simón se quedó de pie, solo, en medio del santuario de ella. La oferta rechazada, el poder ignorado. Por primera vez en su vida, se sintió completamente impotente.
Humillado.
Se dio la vuelta y salió del invernadero sin decir una palabra más.

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