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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 41

La oficina de la Senadora Isabela Rincón en el Senado de la República no era lujosa. Era austera, imponente y funcional.

Paredes revestidas de madera oscura, muebles sobrios y un gran escritorio de caoba pulida sobre el cual solo reposaban documentos perfectamente apilados. El único toque personal era una pequeña bandera de México. El aire olía a papel, a poder y a una disciplina de hierro.

La Senadora, conocida como "La Dama de Hierro", era un reflejo de su entorno. Una mujer de sesenta años, con el cabello plateado recogido en un moño severo y una mirada que podía congelar a sus oponentes políticos a diez pasos de distancia.

Recibió a Abril con un firme apretón de manos y un gesto para que tomara asiento. No hubo charlas triviales.

—Señora Lozano —comenzó, su voz era tan directa como su mirada—. He escuchado mucho sobre usted. Necesito sus servicios. Mi imagen es mi principal herramienta política. Mis adversarios me atacan constantemente, buscando cualquier debilidad.

Hizo una pausa, evaluando a Abril.

—Necesito una fragancia que transmita integridad y autoridad. Pero lo más importante: que no sea una distracción. No quiero que la gente recuerde mi perfume. Quiero que recuerden mis palabras. ¿Entiende la sutileza?

Abril asintió, comprendiendo perfectamente la complejidad del encargo. No se trataba de crear un aroma, sino de construir un aura.

—Lo entiendo, Senadora.

Abril abrió un pequeño maletín de cuero y sacó un solo frasco, idéntico al que le había entregado al señor Ortiz: cristal tallado, tapón de madera oscura. Sin etiqueta. Sin nombre.

—He preparado una propuesta para usted —dijo Abril, entregándole el frasco.

Le puso por nombre "Veredicto".

La Senadora lo tomó. Aplicó una sola gota en el dorso de su mano. Se la acercó a la nariz, sus ojos se cerraron por un instante.

El aroma era seco, casi mineral.

Una base de madera de cedro, que evocaba estabilidad y sabiduría. Un corazón de incienso de copal, el humo sagrado que limpiaba y confería solemnidad. Y para evitar que fuera demasiado severo, un toque casi imperceptible, fantasmal, de flor de naranjo amargo. Una nota que sugería una fuerza interior, no una dureza exterior.

La Senadora abrió los ojos.

Capítulo 41 1

Capítulo 41 2

Capítulo 41 3

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