Valentina sentía que el control sobre Simón se le escapaba como arena entre los dedos.
Su humillación en la gala, la columna del "Lobo", y ahora la extraña obsesión de Simón con el "potencial de negocio" de Abril. Todo iba mal. Necesitaba recuperar la narrativa, volver a pintar a Abril como el problema, no como la competencia.
Y para ello, recurrió a su arma más afilada: la insidia.
Eligió su momento con cuidado. Una tarde de fin de semana, mientras Simón estaba en una llamada en su estudio, ella "paseaba" por el jardín. La puerta del invernadero estaba, como siempre, cerrada. Pero había olvidado el pequeño cerrojo superior.
Con una mirada rápida a su alrededor, lo deslizó. La puerta se entreabrió con un leve chirrido.
Entró.
El lugar la golpeó con su autenticidad. El olor a tierra y hierbas, el orden metódico de los frascos, el grimorio de cuero antiguo abierto sobre la mesa de trabajo.
Vio los símbolos y la caligrafía antigua. Vio el alambique de cobre y los morteros de piedra. No entendía nada, y eso lo hacía perfecto para sus propósitos.
Salió tan silenciosamente como había entrado, asegurándose de dejar la puerta como estaba.
Más tarde, cuando estaban sentados en la terraza, fingió una expresión de preocupación.
—Simón, cariño... no quiero molestarte, pero hoy pasé por el invernadero... La puerta estaba abierta.
Él levantó la vista de su tableta, interesado.
—Entré solo un segundo para buscar a Abril... y vi lo que tiene ahí dentro.
Ella bajó la voz, llenándola de una falsa inocencia y un temor calculado.
—Simón, no quiero asustarte, pero lo que Abril hace ahí dentro...

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