La sesión en el Senado de la República estaba siendo transmitida en vivo por todos los canales de noticias del país.
El debate era acalorado, un cruce de acusaciones y defensas apasionadas sobre la nueva reforma energética. Los senadores de la oposición atacaban con ferocidad, pero sus argumentos se estrellaban una y otra vez contra la figura imperturbable de Isabela Rincón.
La Dama de Hierro estaba en su elemento.
De pie en su escaño, su voz resonaba en el recinto, no por su volumen, sino por su claridad y su peso. Cada palabra era precisa, cada argumento era un bisturí que desmantelaba las falacias de sus adversarios.
No había gestos grandilocuentes. No había adornos. Solo una calma y una autoridad que parecían emanar de ella, creando un campo de fuerza a su alrededor.
Más tarde esa noche, en su invernadero, Abril veía la repetición del debate en su tableta.
No le interesaba la política, pero sí el resultado de su trabajo. Observaba a la Senadora, no lo que decía, sino cómo lo decía. Su postura, la seguridad en su mirada, la economía de sus movimientos.
Cambió a un programa de análisis político nocturno. El conductor, un periodista respetado, estaba discutiendo la jornada con dos analistas.
—La oposición simplemente no pudo hacerle ni un rasguño a la Senadora Morales hoy —dijo uno de los analistas—. Estuvo brillante.
El conductor asintió, pensativo.
—Estoy de acuerdo. Pero fue algo más que brillantez. He cubierto a la Senadora Rincón durante veinte años. Hoy había algo diferente en ella.
Hizo una pausa, buscando la palabra correcta.
—Tenía un aura de autoridad que hace mucho no veíamos. Una presencia casi... implacable. Se comió la cámara. Parecía más grande, más sólida que el resto.
El otro analista añadió:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa