El dinero le daba poder. El poder le daba opciones.
Abril miró el estado de cuenta de "Aromas del Alma" en la pantalla de su laptop. Las ganancias de sus tres primeros clientes —un magnate, una estrella de cine y una senadora— eran sustanciales. Más que suficientes para el siguiente paso.
El invernadero era su santuario, su laboratorio, pero no podía ser el rostro de su empresa. Necesitaba un espacio físico. Un lugar que no fuera una tienda, sino un destino. Un atelier donde recibir a su exclusiva clientela y donde el alma de su marca pudiera respirar.
Se reunió con un agente inmobiliario, un hombre de traje impecable y sonrisa profesional que trabajaba con la élite de la ciudad.
La primera parada fue la Avenida Presidente Masaryk, en el corazón de Polanco. El agente le mostró un local minimalista de cristal y acero, encajado entre boutiques de lujo de renombre mundial.
—La visibilidad aquí es inmejorable, señora Lozano —dijo el agente con entusiasmo—. Estaría junto a las marcas más grandes del planeta.
Abril miró el local frío e impersonal.
—Busco un hogar, no un escaparate —respondió ella, su voz suave pero firme—. Mi marca no grita, susurra. Este lugar es un grito.
El agente, desconcertado, la llevó a San Ángel, a una hermosa villa colonial en Altavista. Era elegante, rodeada de jardines.
—Esto es más discreto —sugirió él.
—Es hermoso —admitió Abril—. Pero es la historia de otra persona. Necesito un lugar con su propia alma, un lienzo en blanco con historia.
Viendo que el agente no la entendía, Abril tomó el control.
—Llévame a la Roma. A la Condesa.
Recorrieron las calles arboladas, un mundo aparte del lujo ostentoso de Polanco. El agente, acostumbrado a los precios por metro cuadrado y a los nombres de marcas, empezó a ver la ciudad a través de los ojos de ella.
Vio la arquitectura ecléctica, los detalles de art déco, las fachadas de principios del siglo XX que hablaban de un México más romántico y bohemio.
Pudo vislumbrar el interior. Un vestíbulo con techos altos, una escalera de mármol que se curvaba hacia el segundo piso y, al fondo, lo que le robó el aliento.
Un patio interior.
Descuidado, lleno de maleza, pero con una fuente de cantera en el centro y rodeado de arcos de piedra. Vio el potencial al instante.
Imaginó el patio restaurado, lleno de las plantas y flores que usaba en sus creaciones. Imaginó el laboratorio en una de las grandes salas, la luz del sol entrando por los ventanales. Imaginó un pequeño y exclusivo salón de té en otro, donde sus clientas pudieran esperar.
No era solo un edificio. Era un ecosistema. Era el mundo que quería construir.
Se giró hacia el agente, sus ojos brillando con una certeza absoluta.
—Es esta.

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