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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 51

El aroma de la madera de cedro y el cuero de los libros llenaba la biblioteca.

Era el santuario dentro del santuario. Un salón en el segundo piso de la casona, con estanterías que iban del suelo al techo, un escritorio de caoba y un profundo sillón de terciopelo verde. Era el cerebro de "Aromas del Alma".

Abril estaba sentada frente a su laptop, pero no investigaba nuevas esencias ni exóticos ingredientes.

La pantalla estaba llena de archivos de noticias económicas de hacía exactamente cinco años.

"Ferrer Arquitectos al borde del colapso". "Escándalo de espionaje sacude al sector de la construcción". "Fuga de información de proyectos clave".

Releía los artículos que en su momento apenas había entendido, perdida en su propio pánico y en el sacrificio que estaba a punto de hacer. Las narrativas oficiales eran vagas. Apuntaban a un competidor agresivo, "Consorcio Vega", pero atribuían el éxito del espionaje a una "falla interna de seguridad" en la firma de Simón.

Una falla con nombre y apellido.

Abril tecleó en el buscador interno de los archivos.

"Ramiro Vargas".

El nombre apareció de inmediato, ligado a docenas de artículos. "Director de Proyectos despedido por negligencia grave". "Vargas, el eslabón débil de Ferrer". "La caída de un arquitecto prometedor".

Las fotos mostraban a un hombre de unos cincuenta años, de mirada seria y gesto meticuloso, saliendo de las oficinas con una caja de cartón en las manos, el rostro demudado.

Abril lo recordaba.

Recordaba a Ramiro. Él había sido el mentor de Simón cuando este apenas era un recién graduado con un apellido importante. Era leal, trabajador hasta la médole y conocía la firma mejor que nadie. Era el tipo de hombre que vivía y respiraba por su trabajo.

Su despido, su humillación pública, nunca había tenido sentido para ella. Simón se lo había explicado con una frialdad inusual: "Fue un error estúpido de su parte, dejó una puerta trasera abierta en el servidor. Nos costó casi todo".

Pero no encajaba. Ramiro Vargas no cometía errores estúpidos.

—Señora Lozano, qué gusto escucharla. ¿En qué puedo ayudarle? El señor Ortiz está encantado con los primeros bocetos para el perfume del jeque.

—Me alegro mucho —dijo Abril—. Te llamo por otro asunto. Necesito un favor muy discreto.

—Por supuesto. Dígame.

Abril se reclinó en el sillón, su voz bajó a un tono confidencial.

—Necesito que su equipo me ayude a localizar a una persona. Su rastro puede ser difícil de encontrar. Se llama Ramiro Vargas. Fue arquitecto en la firma Ferrer.

Hubo un breve silencio en la línea, solo el tecleo rápido de Laura.

—Considérelo hecho, señora Lozano.

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