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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 52

Simón no llamó. No anunció su visita. Simplemente apareció.

Llegó a la casona de la Roma un mediodía entre semana, actuando con la falsa naturalidad de un esposo que visita el negocio de su mujer. Pero en el momento en que cruzó el umbral, supo que estaba entrando en un país extranjero.

El lugar lo golpeó.

No era una tienda. Era una experiencia.

El aire olía a cera de abeja, a madera pulida y a un rastro sutil de lavanda que emanaba del patio. La luz se filtraba suavemente, creando una atmósfera de calma y reverencia. Cada mueble, cada lámpara, cada objeto parecía haber sido elegido con un propósito, contando una historia.

Quedó visiblemente impresionado. La elegancia sobria, la atención al detalle, la perfecta fusión de historia y modernidad... era una obra maestra de buen gusto. Un buen gusto que él nunca supo que ella poseía.

Y eso, más que nada, lo hirió profundamente.

Encontró a Abril en uno de los salones privados, explicando a un cliente —un hombre mayor con el inconfundible aire de la vieja riqueza— las notas de una fragancia contenida en un frasco sin etiqueta.

Ella levantó la vista y lo vio. Su expresión no cambió. No hubo sorpresa, ni placer, ni molestia. Solo un breve reconocimiento. Con una cortesía impecable, concluyó su consulta.

—Piénselo, señor Echeverría. La decisión correcta le hablará cuando esté en silencio.

El hombre asintió, cautivado, y se retiró. Solo entonces Abril se dirigió a Simón.

—Simón. No te esperaba.

Su tono era el que usaría con un proveedor inesperado o un cliente sin cita.

Él se sintió torpe, fuera de lugar. A su lado, su chofer sostenía un gran objeto envuelto en terciopelo.

—Hola. Yo... pasaba por la zona —mintió—. El lugar es... impresionante.

La palabra le salió con dificultad, como si admitir la verdad fuera una traición a su propio ego.

Hizo un gesto a su chofer, quien desenvolvió el regalo. Era una escultura de bronce de Leonora Carrington, una pieza exquisita y obscenamente cara.

Él se sintió como un completo extraño. Un intruso en el reino que ella había construido, no solo sin su ayuda, sino a pesar de él. Cada detalle del lugar era un testimonio de la mujer que él nunca había conocido.

El misterio que la rodeaba era un abismo. Su calma, su control, eran una fortaleza inexpugnable.

—Entiendo —dijo él, aunque no entendía nada—. Bueno. Me voy. Tengo una reunión.

La excusa sonó patética incluso para sus propios oídos.

Se dio la vuelta y se dirigió a la salida. No se llevó la escultura. La dejó allí, en el suelo, un monumento absurdo a su intento fallido de reconexión.

Abril no lo detuvo. No dijo nada más.

Simplemente lo observó marchar, y cuando la puerta se cerró, se giró y le hizo una seña a uno de sus asistentes.

—Por favor, llama a la galería y pide que vengan a recoger esto. Hay que devolverlo.

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