La llamada de Laura llegó dos días después.
—Lo tenemos, señora Lozano —dijo la asistente con su eficiencia habitual—. Ramiro Vargas. Es dueño de una pequeña empresa de remodelaciones y diseño de interiores llamada "Estructura Viva". Sus oficinas están en la calle Centenario, en Coyoacán.
Laura le envió la dirección exacta, el registro de la empresa y hasta una foto reciente del hombre, tomada discretamente por uno de los investigadores del señor Ortiz.
El rostro de Vargas había cambiado. Los cinco años de exilio profesional le habían añadido canas en las sienes y una dureza en la mirada que no tenía antes. Pero seguía siendo él.
Abril sintió un nudo en el estómago. Este era el verdadero comienzo.
Sabía que debía ser cautelosa. Un encuentro con el hombre que fue públicamente humillado por la firma de su esposo no podía ser casual. Necesitaba una coartada.
La oportunidad perfecta se presentó esa misma noche.
La cena en la mansión Ferrer se había convertido en un ritual forzado, un campo de batalla silencioso. Comían en extremos opuestos de la larga mesa de comedor, el espacio entre ellos lleno de palabras no dichas.
Simón, que llevaba días rumiando su humillación en la boutique, rompió el silencio. Su tono era falsamente casual.
—¿Saldrás mañana?
Abril levantó la vista de su plato.
—Tengo trabajo, como siempre.
—Claro —dijo él—. Es solo que Valentina quiere ir de compras por la tarde. Pensó que, ya sabes, podrías acompañarla. Para que se pongan al día.
El intento era tan torpe, tan transparente, que Abril casi se ríe. Valentina usándolo a él para vigilarla. Era patético.
Pero también era la oportunidad que necesitaba.
La mención de "maderas raras" y "un artesano escurridizo" era el tipo de detalle exclusivo y artístico que encajaba perfectamente con la imagen que él tenía ahora de su negocio. Era una coartada a prueba de dudas.
Simón se tragó la historia por completo. La decepción en su rostro era casi cómica. Su plan de vigilancia había fracasado.
—Ah. Bueno —masculló—. El trabajo es primero.
—Siempre —respondió Abril, y tomó un sorbo de agua.
Por dentro, una fría satisfacción la recorrió.
No solo estaba un paso por delante de él en los negocios. Ahora también lo estaba en el juego del engaño que él le había enseñado a jugar tan dolorosamente bien.
Mañana, mientras él pensara que estaba eligiendo maderas exóticas, ella estaría desenterrando los fantasmas que él había enterrado hacía cinco años.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa