Los dedos de Abril no vacilaron. Con una precisión quirúrgica, tomó dos pequeños frascos de la vitrina.
Eran idénticos en forma, pero su contenido contaba historias opuestas.
Colocó ambos sobre el escritorio de roble, justo frente a Simón. Uno contenía un aceite de un pálido color dorado, casi luminoso. El otro, un líquido ligeramente más viscoso, con un brillo artificial y barato.
—Huele —dijo ella. No fue una petición. Fue una orden.
Simón la miró, su mandíbula apretada. Una parte de él, la parte arrogante y herida, quería negarse, quería irse de allí y no darle esa satisfacción. Pero otra parte, una curiosidad mórbida y una creciente sensación de pavor, lo obligó a obedecer.
Se inclinó y tomó el primer frasco, el del líquido dorado. Desenroscó el tapón y acercó la apertura a su nariz.
El aroma que lo inundó fue extraordinario.
Era dulce, profundo y complejo. Olía a flores exóticas bajo la luna, a tierra húmeda después de la lluvia, a algo antiguo y sagrado. Era un aroma que evocaba poder, lujo y una belleza casi dolorosa. Era, sin duda, el olor más exquisito que jamás había percibido.
Dejó el frasco y, con cierta desgana, tomó el segundo.
El contraste fue violento, un asalto a sus sentidos.
El segundo frasco desprendía un olor químico, empalagoso y agresivo. Tenía una dulzura superficial y enfermiza, como un ambientador barato tratando de enmascarar algo podrido. Le picó en la nariz y le dejó un regusto metálico en la garganta. Era un aroma vulgar, una imitación grosera de la belleza.


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