La mente de Simón se tambaleó. El olor químico del frasco de la izquierda todavía parecía adherido a sus fosas nasales, un testimonio nauseabundo de la traición.
Buscó desesperadamente una escapatoria, una explicación alternativa que no implicara la monstruosidad que Abril le estaba presentando. Su lealtad a Valentina, o lo que quedaba de ella, luchó por encontrar aire.
—No... —murmuró, la palabra sonando débil y hueca en la oficina silenciosa—. Ella... ella no haría algo así.
Miró a Abril, sus ojos suplicando que hubiera otra verdad.
—Debe haber un error. Una confusión. Quizás el proveedor te engañó por su cuenta, para sacar más dinero...
Era una defensa patética, y él lo sabía en el instante en que las palabras salieron de su boca. Sonaba como un tonto, como un niño tratando de negar que el cielo era azul.
Abril lo interrumpió, su voz cortante como un látigo.
—No, Simón.
Dio un paso hacia él, rodeando el escritorio. Su calma se había evaporado, reemplazada por una intensidad fría y controlada que lo hizo retroceder instintivamente.
—No hay ningún error. No hay ninguna confusión. Ella lo hizo. Con premeditación. Con malicia. Y con tu dinero.


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