Simón se tambaleó hacia atrás, buscando el borde del escritorio para apoyarse. Las palabras de Abril lo habían despojado de todas sus defensas, dejándolo expuesto y vulnerable.
—¿Vengativa? —la voz de Abril era tranquila de nuevo, pero ahora resonaba con el peso de cinco años de dolor reprimido—. Yo lo llamo justicia, Simón.
Tomó uno de los frascos de la mesa, el del aceite puro, y lo sostuvo a la luz. El líquido dorado brillaba como una lágrima de sol.
—Justicia. Una palabra que parece que solo aplicas cuando te conviene.
Su mirada se encontró con la de él, y en sus ojos ya no había súplica ni tristeza. Había la fuerza implacable de una jueza a punto de dictar sentencia.
—Es algo que tú decidiste negarme hace cinco años.
La mención del pasado lo hizo estremecerse.
—Te lo rogué, Simón —continuó ella, su voz nunca levantándose, pero cada sílaba era un martillo—. Te rogué que investigaras quién filtró realmente los planos de tu proyecto. Te dije que Ramiro Vargas era incapaz de hacer algo así, que era leal, que te admiraba.
Los recuerdos lo asaltaron: la cara de Abril, pálida y llena de lágrimas, suplicándole en su estudio. Su propia voz, fría y distante, diciéndole que la decisión estaba tomada.
—Pero no me escuchaste. Preferiste creer la versión más fácil. La que te susurró Valentina al oído. Elegiste protegerla a ella y sacrificar a un hombre inocente, a tu propio mentor. Lo destruiste. Lo pusiste en la lista negra. Y me usaste a mí para limpiar tu desastre.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Perfume Letal de la Esposa