La luz del atardecer se filtraba a través de los altos ventanales de la boutique, bañando el taller de Abril en tonos de miel y ámbar.
Estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, inmóvil, mientras una costurera realizaba los últimos ajustes a su vestido para la gala.
No era un vestido ostentoso. No tenía lentejuelas ni pedrería.
Era una columna de seda de un profundo color azul noche, casi negro.
Un diseño de un creador mexicano emergente que era a la vez vanguardista y atemporal. El corte era impecable, simple pero poderoso, cayendo desde sus hombros hasta el suelo en una línea ininterrumpida que alargaba su figura.
Su única concesión al adorno era un sutil bordado hecho a mano en el escote de la espalda, un patrón inspirado en los glifos zapotecos, apenas visible, un secreto solo para quien se fijara con atención.
Se miró en el espejo, pero no con vanidad. Su expresión era seria, concentrada.
Se estaba observando como una generala inspecciona su armadura antes de la batalla.
El vestido no era solo una prenda. Era una declaración. Proclamaba elegancia, poder y, sobre todo, un profundo respeto por sus raíces.
La costurera terminó su trabajo y se retiró en silencio. Abril se quedó sola, la seda del vestido susurrando contra su piel.
La puerta del taller se abrió y Mateo entró. Venía a revisar un detalle menor en la instalación de una de las luces de exhibición. Se detuvo en seco al verla.

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