Capítulo 131
CAPÍTULO76
Alexander ya estaba en el despacho presidencial con el teléfono pegado a la oreja cuando Lucía entró. Al verla entrar, colgó de inmediato. Su mirada recorrió el aspecto de su esposa con una mezcla de alivio y una irritación que burbujeaba bajo la superficie.
- Viniste -dijo él, a modo de saludo.
Lucía no se sentó. Se apoyó en el borde del escritorio, manteniendo la distancia física y emocional.
- Viniste tú también -replicó ella con voz ronca -. Vine porque prometí que estaría para la revisión de los activos fijos. Pero quiero dejar algo claro, Alexander: solo me quedaré hasta el mediodía.
Debo volver a la clínica. El técnico que va a revisar las conexiones viene a la una. Quiero estar presente, además tengo que supervisar el reingreso de los animales que trasladamos anoche.
Alexander dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco. La irritación terminó de desbordarse.
-¿Al mediodía? Lucía, Estrada y el señor Navarro tienen una agenda de diez horas para hoy. Si te vas a mitad de la jornada, les estás entregando la cabeza en una bandeja de plata.Van aredactar un informe sobre falta de compromiso antes de que siquiera llegues al coche.
- Mi compromiso es con los seres que dependen de mí -respondió ella, elevando el tono-. Anoche perdimos a un paciente, Alexander. Una vida se apagó porque no hubo una coordinación rápida. No voy a permitir que pase de nuevo mientras yo esté aquí discutiendo sobre depreciación de maquinaria.
Alexander se puso de pie, rodeando el escritorio para quedar frente a ella. Su altura y su presencia solían ser imponentes, pero Lucía no retrocedió ni un centímetro.
- ¡Entonces, ¿para qué aceptaste ser Presidenta si no puedes comprometerte, Lucía?! -estalló él, y su voz resonó contra las paredes de cristal-. Sabías perfectamente que este puesto exigía el cien por ciento de tu tiempo. No es un pasatiempo, es el imperio de mi familia. Es la estabilidad de miles de empleados reales, no solo de un par de perros de gatos y tres empleados. De esta empresa dependen miles de familias.
El insulto hacia su vocación y trabajo fue como un latigazo para Lucía. Ella apretó los puños, sintiendo cómo el agotamiento se transformaba en una furia líquida.
- Acepté porque dijiste que lo haríamos juntos, Alexander. Porque creí que este juntos significaba apoyo, no sumisión. Dijiste que yo aportaría la visión humana y tú la estructura. Pues bien, mi visión humana me dicta que hoy mi lugar está allá.
He hecho todo sola toda mi vida; saqué adelante esa clínica sin un centavo de los De la Vega, y no voy a renunciar a ella ahora porque a tu tío Roberto se le ocurrió organizar una auditoria.
¡Ese es tu problema! -le espetó Alexander--.
Estás tan acostumbrada a hacerlo todo sola que no sabes priorizar. Estás intentando sujetar dos cuerdas que tiran en direcciones opuestas y te vas a terminar rompiendo. No puedes ser la salvadora del mundo animal y la líder de VegaCorp al mismo tiempo. Tienes que elegir.
Estás aterrado de que piensen que perdiste el control. Estás molesto porque hoy no puedo ser la esposa trofeo que se sienta a tu lado a firmar papeles.
Alexander guardó un silencio tenso, su respiración agitada. La verdad en las palabras de Lucía le dolió más que cualquier insulto. Ella tenía razón: él no podía delegar, no confiaba en nadie más que en sí mismo para proteger el legado de su abuelo. Pero su incapacidad para entender el valor emocional de la clínica le impedía ceder. Para él, el dolor de Lucía por un gato muerto era una debilidad que ponía en riesgo un negocio de millones.
- Si sales por esa puerta al mediodía -dijo Alexander, con una voz ahora baja y peligrosamente tranquila-, estarás dándoles la razón a todos. Incluyéndome. Estarás demostrando que no tienes la madera para estar en la cima.
- Si me quedo y dejo que otro animal sufra por mi negligencia -respondió Lucía con la misma intensidad-, estaré dándote la razón a ti: me habré convertido en una De la Vega. Fría, calculadora y vacía. Y prefiero estar en la calle antes que convertirme en eso.
Se quedaron mirando, dos extraños unidos por un contrato y separados por un abismo de valores. El Alexander del campamento, el hombre que la había sostenido en la oscuridad, parecía haber sido devorado por el rascacielos.
- Haz lo que quieras, Lucía -dijo Alexander, dándole la espalda y volviendo a su silla-. Pero no esperes que te defienda cuando el consejo pida tu dimisión. Si eliges la clínica, atente a las consecuencias en VegaCorp.
-- Siempre me he atenido a las consecuencias de mis actos, Alexander. Deberías empezar a hacer lo mismo con los tuyos.
Lucía salió del despacho cerrando la puerta con una fuerza que hizo vibrar los paneles de vidrio. Caminó por el pasillo con la cabeza en alto, ignorando las miradas curiosas. Tenía tres horas para revisar estados financieros junto al contador antes de volver a su verdadera vida. Alexander, en su oficina, golpeó el escritorio con el puño. Cómo iba a lograr controlar a esta mujer.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.