CAPÍTULO 57
Enrique Saldívar estaba sentado tras su escritorio, con las persianas bajas para soportar el dolor de cabeza que mantenía. Tenía una mano apoyada en la mandíbula, donde el hematoma ya lucía un tono violáceo oscuro. Frente a él, una botella de whisky permanecía abierta, aunque no se había atrevido a servirse otra copa desde que de la Vega salió por esa puerta.
La puerta de su despacho se abrió de par en par, sin previo aviso de la secretaria.
Leonor, la matriarca de la familia Saldivar, entró en la habitación. Su sombrero, con un velo corto y elegante, no lograba ocultar la severidad de una mirada que había gobernado los salones de la ciudad durante décadas.
Enrique se enderezó de golpe, sintiendo que el poco aire que quedaba en sus pulmones desaparecía.
— Madre —dijo con una voz que intentaba ser firme pero que sonó a súplica— Qué raro que estés en mi despacho a estas horas. No me habías avisado.
Leonor no respondió de inmediato. Caminó hacia el centro de la estancia, recorriendo con la mirada el desorden de los papeles, la botella de alcohol y, finalmente, el rostro desfigurado de su hijo. Un gesto de asco casi imperceptible cruzó sus labios antes de sentarse en la silla frente al escritorio, manteniendo la espalda tan recta como una espada.
— Quiero que me digas qué es lo que está sucediendo, Enrique. Y quiero la verdad, no las excusas que usas para engañar a tus amigos de casino —sentenció ella, su voz era un látigo de terciopelo.
— No sucede nada que no pueda manejar, madre. Solo son negocios complicados con nuevos inversores…
— ¡No me mientas! —Leonor golpeó ligeramente el pomo de su bastón contra el suelo— Desde que tu padre murió, he confiado en ti ciegamente. He dejado que te encargues de todo: del banco, de las propiedades, del honor de este apellido. Me retiré confiando en que habías aprendido lo que significa ser un Saldívar. Hoy, por primera vez, estoy empezando a creer que cometí un error imperdonable al no intervenir antes.
Enrique bajó la vista, incapaz de sostener el escrutinio de su madre.
— Padre me preparó para esto…
— Tu padre te preparó para dirigir un banco, no para convertirlo en el escenario de una pelea de taberna —replicó Leonor— Hace apenas dos días viniste a mi casa con una sonrisa cínica, pidiéndome que empezara a preparar la fiesta de casamiento con esa señorita Valente. Me dijiste que por fin habías doblegado la voluntad de la chica y que la unión se celebraría en quince días. Me hiciste llamar a la imprenta, reservar el salón del club y contactar con el obispo.
Enrique apretó los puños bajo la mesa.
— Y así será, madre. La boda sigue en pie.
— ¿Sigue en pie? —Leonor soltó una risa amarga que heló la sangre de Enrique— Hoy me llega el rumor, no de un amigo, sino de mi propia costurera, de que te estás peleando por ella con otro hombre en plena vía pública. Me dicen que un tal Augusto de la Vega, ese nuevo rico que acaba de llegar a la ciudad, entró aquí y te puso la mano encima frente a tus propios empleados. ¿Es eso cierto, Enrique? ¿Esa mancha en tu rostro es el sello de tu humillación?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.