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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 469

CAPÍTULO 58

— Ese idiota del banquero ha perdido los estribos, no sirve para nada —escupió Elena, lanzando un frasco de perfume vacío sobre el sofá— Enrique Saldívar es un patético alcohólico que no sabe ni cómo sostener su propio apellido, mucho menos cómo detener a un hombre como Augusto. Como siempre, deberé encargarme de todo yo misma.

Clara entró a la habitación de Elena, secándose las manos en el delantal. Su voz sonó suave, cargada de una cautela que pretendía ser un ancla para la agitación de Elena.

— Elena, por favor, detente un segundo. Escúchate. Estás hablando de destruir vidas como si fuera una función de teatro —Clara se acercó, intentando captar la mirada de su amiga— ¿Y si te olvidas de ese hombre? Mírate, eres la mujer más hermosa de esta ciudad. Tienes admiradores por todas partes: banqueros de verdad, hombres poderosos, artistas que darían su vida por una sonrisa tuya. ¿Por qué elegir precisamente al hombre que no te quiere? ¿Por qué Augusto?

Elena se giró bruscamente, sus ojos verdes encendidos por una furia que hizo que Clara retrocediera un paso.

— ¡Porque él es el único que me interesa a mi! —rugió Elena, golpeándose el pecho— No me interesan los demás, Clara. Son predecibles, aburridos, se compran con un escote y una mirada sugerente. Augusto de la Vega tiene un imperio de oro y un corazón de piedra, y yo quiero ser la que lo rompa. Lo quiero a él, lo quiero sentado a mi lado mientras vemos caer a todos esos estirados que nos miraron por encima del hombro durante años.

Clara suspiró, sintiendo que la compasión le ganaba al miedo.

— Pero él ama a Matilde Valente. Lo viste en la subasta, Elena. Lo vio toda la ciudad.

— ¡Matilde Valente no existe! —gritó Elena, volviendo a su deambular errático— Es solo un fantasma que él se inventó. Un antiguo amor que quedará en el pasado. Y quiero que tú me ayudes, Clara. Quiero tenerlo en mis manos, quiero ser su sombra, su necesidad. Y si al final no lo puedo tener para mí… —Elena bajó la voz a un susurro gélido que heló la sangre de Clara— entonces no quiero que ella lo tenga. Prefiero verlo arruinado y solo que feliz con esa mujer.

Hubo un silencio tenso en la habitación. Clara sabía que la situación era volátil. La ciudad entera no hablaba de otra cosa: el escándalo en el banco había sido el combustible perfecto para los chismes. Decían que la discusión entre Augusto y Enrique se escuchaba desde dos manzanas a la redonda, que hubo golpes y que la policía tuvo que intervenir discretamente para no manchar más el nombre de la Banca Saldívar.

En ese momento, el timbre agudo del teléfono fijo, un modelo de baquelita negra sobre la mesita auxiliar, rompió el hechizo de la discusión. Ambas mujeres se quedaron inmóviles. Clara sintió que el corazón le daba un vuelco. Sabía quién podía ser; había estado esperando ese llamado con una mezcla de ansiedad y culpa desde que despertó.

Elena señaló el aparato con un gesto imperioso.

— Atiende. Podría ser Augusto o algún contacto de Enrique.

Clara tomó el auricular con manos temblorosas.

— ¿Diga?

Al otro lado del cable, la voz de Carlos, profunda y con ese matiz de seriedad que tanto la atraía, le devolvió el aliento.

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