CAPÍTULO 55
Al detener el coche frente a la escalinata principal de la residencia de los Valentes, Augusto respiró hondo. No esperó a que el mayordomo le abriera la puerta. Subió los peldaños de dos en dos y entró en el vestíbulo antes de ser anunciado.
Rodolfo Valente se encontraba solo en la sala con una taza de café.
— Señor De la Vega —dijo Rodolfo, su voz carente de la calidez servil de los días anteriores— No lo esperábamos. Mi secretaria no mencionó ninguna cita. ¿Qué lo trae por aquí con tanta urgencia?
Augusto avanzó hasta el centro de la estancia, ignorando la frialdad del recibimiento. Se plantó frente al hombre que noches atras estaba regalando a su hija.
— Voy a ser directo, señor Valente —sentenció Augusto, sus ojos clavados en los de Rodolfo— No estoy aquí por sus barcos ni por sus rutas comerciales. Estoy aquí por su hija. Quiero pedir oficialmente la mano de Matilde en matrimonio.
Rodolfo parpadeó repetidamente, apretando el pomo de la ventana con tal fuerza que sus nudillos blanquearon. Un temblor casi imperceptible recorrió sus labios antes de que lograra articular una respuesta.
— Lamento decirle esto, señor de la Vega… —comenzó Rodolfo, bajando la vista— pero mi hija ya se encuentra prometida en matrimonio con otro hombre. Toda la ciudad lo sabe. Enrique Saldívar y ella han estado vinculados legal y socialmente durante tres años. No es una cuestión que pueda cambiarse por un capricho o una oferta.
Augusto soltó una risa seca, una carcajada desprovista de humor que resonó contra los techos altos de la biblioteca.
— También toda la ciudad sabe que ese compromiso es una farsa, señor Valente —replicó Augusto con desprecio— Una mentira que han mantenido para sostener una fachada de prestigio que se les está cayendo a pedazos. Matilde no quiere a Enrique. Nunca lo ha querido. Y después de lo ocurrido hoy, dudo que quiera incluso volver a escuchar su nombre.
Rodolfo se enderezó, intentando recuperar un resto de la dignidad que Enrique le había arrebatado esa mañana en el comedor.
— Nosotros dimos nuestra palabra —dijo Rodolfo, aunque su voz flaqueó— Un Valente no rompe su palabra. Ese matrimonio se llevará a cabo según lo previsto. Es una cuestión de honor familiar.
— ¿Honor? —Augusto dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal— No me hable de honor cuando hace apenas un par de noches, en plena acera, me decía usted mismo que Enrique no era un buen partido. Me confesó que su hija sufría, que el vicio de ese hombre era un pozo sin fondo. Me pidió que considerara ser yo quien se casara con ella. ¿Qué ha sucedido, señor Valente? ¿Por qué ahora, de repente, vuelve a entregarla a un hombre que solo busca destruirla?

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