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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 467

CAPÍTULO 56

— He encontrado algo que te va a interesar, Augusto —dijo Carlos, rompiendo el silencio. Se levantó y extendió un par de fotografías sobre la mesa de centro—. Es una villa fuera de la ciudad, lo suficientemente alejada del ruido para tener privacidad, pero con una vista privilegiada sobre el valle. Tiene arquitectura clásica, techos altos de escayola y un jardín que parece un parque privado de la aristocracia europea. Es la propiedad ideal para lo que buscas. Si te parece bien, mañana mismo podemos ir a verla y, si te gusta, me encargaré de proceder a la compra de inmediato. El dueño es un antiguo noble venido a menos y está ansioso por vender.

Augusto tomó una de las fotografías y la observó con detenimiento. La mansión era imponente, una fortaleza de piedra blanca que gritaba estatus y permanencia. Sin embargo, su respuesta no fue la del hombre de negocios frío y calculador que Carlos conocía desde los días del exilio.

— No quiero ir a verla solo, Carlos —respondió Augusto, dejando la foto sobre la mesa con una suavidad inusual— Le daré una sorpresa a Matilde. Mañana la buscaré en la universidad y la llevaré allí. Si a ella le gusta la casa, se compra. Sin negociaciones, sin regateos. Su palabra será el veredicto final. Si ella dice que es su hogar, lo será.

Carlos soltó una risita cargada de una ironía que no pudo, ni quiso, ocultar. Se cruzó de brazos y miró a su amigo con una mezcla de diversión y una sombra de preocupación.

— Vaya… ya veo cómo funcionarán las cosas a partir de ahora —comentó Carlos— El gran hombre que hacía temblar a los inversores en el extranjero, el que negociaba con tiburones sin parpadear, ahora somete su capital al gusto de una artista. Te has ablandado, Augusto. El hombre duro del puerto ha cedido el paso al enamorado.

Augusto arqueó una ceja, pero no se molestó en negar la evidencia. Se puso en pie y caminó hacia el mueble bar.

— No es debilidad, Carlos. Es justicia —sentenció Augusto, sirviéndose un poco de whisky— Matilde ha vivido toda su vida en una jaula que ella no eligió. Ha sido la pieza de exhibición de su padre y la garantía de un banco. Quiero que su primer hogar real sea un lugar que ella ame, no uno que le haya sido impuesto por un contrato matrimonial— Augusto cambió el tono, volviendo a su voz de mando, esa que no aceptaba réplicas— mañana te pido que hagas un favor en mi nombre. Un favor que no puede esperar más.

Carlos se puso serio de inmediato, irguiéndose en su asiento. Intuyó la magnitud de lo que vendría por la forma en que Augusto apretaba el vaso de cristal.

— Dime —instó Carlos.

— Quiero que vayas al Banco Saldívar —sentenció Augusto, clavando su mirada en su amigo— Quiero que liquides personalmente cada una de las deudas que la familia Valente tiene pendientes. Todas. Las de las navieras, las hipotecas personales de Rodolfo, los créditos puente que Enrique ha usado para asfixiarlos durante estos tres años. No quiero que quede ni un solo pagaré con el apellido Valente en esa bóveda. Quiero que, al final del día, Enrique Saldívar no tenga ni un solo papel que lo vincule a Matilde o a su padre.

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