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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 470

CAPÍTULO 59

Carlos tenía una cita pactada con el gerente de préstamos del banco Saldivar, el señor Martinez, el único empleado que seguía trabajando en el banco desde la gestión del padre de Enrique. Al llegar a la recepción, la secretaria le dedicó una mirada esquiva, cargada de una incomodidad que se percibía en todo el edificio.

— El señor Saldívar no se encuentra en el edificio esta mañana, señor Carlos —dijo la mujer, evitando el contacto visual mientras jugueteaba con una carpeta.

Carlos esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Sabía que Enrique estaba allí, oculto en su despacho, lamiéndose las heridas físicas y morales que Augusto le había infligido el día anterior.

— No he venido a ver al señor Saldívar —respondió Carlos con una calma gélida— Mi cita es con la gerencia de préstamos. El señor De la Vega siempre cumple con su palabra, y hoy venimos a liquidar hasta el último centavo de la deuda de la familia Valente.

La secretaria asintió nerviosamente y lo guió hacia una oficina privada en la parte trasera.

Dentro del despacho del gerente de préstamos, el aire olía a papel viejo y a tinta. El señor Martínez lo recibió con una cortesía profesional, aunque sus manos temblaban ligeramente al recibir el fajo de documentos que Carlos extrajo de su maletín.

— Aquí tiene, Martínez —dijo Carlos, sentándose y cruzando las piernas con elegancia— Las órdenes de transferencia, los pagarés certificados y la liquidación total de los intereses devengados hasta la fecha. Navieras Valente quiere cerrar su historial crediticio con esta institución hoy mismo.

El papeleo fue tedioso. Durante más de una hora, Carlos revisó cada cláusula, cada firma y cada sello. No podía permitirse un error; Enrique Saldívar buscaría cualquier resquicio legal para invalidar el pago si tenía la oportunidad. Sin embargo, Enrique no estaba en posición de negarse. Su banco, el orgulloso imperio de los Saldívar, estaba herido de muerte. Solo Enrique y su contador de máxima confianza sabían la magnitud del desastre: el heredero había tomado y gastado sumas astronómicas en el casino y en sus distracciones privadas, fondos que pertenecían a los depósitos de los clientes.

Esta entrada masiva de dinero por parte de Augusto de la Vega era, irónicamente, el salvavidas que el banco necesitaba para cubrir sus deficiencias inmediatas y evitar que los inspectores del gobierno cerraran las puertas esa misma semana. Enrique odiaba a Augusto, pero necesitaba su dinero para no terminar en la calle.

— Todo parece estar en orden, señor Carlos —dijo finalmente Martínez, estampando el sello de "Cancelado" sobre la última hipoteca de los barcos Valente— La deuda ha sido liquidada. La familia Valente es, oficialmente, libre de sus obligaciones con la Banca Saldívar.

Carlos guardó las copias originales en su maletín, sintiendo una satisfacción profunda. Había ganado una batalla vital para Augusto. Se puso en pie y se ajustó la chaqueta, dispuesto a marcharse.

Pero cuando estaba a punto de salir del edificio, la puerta del despacho principal se abrió con un estrépito violento. Enrique Saldívar apareció en el umbral. No llevaba corbata, su camisa estaba abierta y el hematoma en su mandíbula lucía un tono amarillento bajo la luz fluorescente.

— ¡Espera! —rugió Enrique, deteniendo a Carlos en medio del vestíbulo frente a todos los empleados y clientes.

Carlos se detuvo y se giró con una lentitud exasperante, manteniendo la mano firme en el asa de su maletín.

— ¿Algún problema con el pago, señor Saldívar? —preguntó Carlos con ironía— He oído que el dinero ha sido muy bien recibido en su contabilidad.

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