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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 465

CAPÍTULO 54

Enrique golpeó la mesa con el puño, haciendo que la lámpara de bronce tintineara.

— ¡Ese compromiso no se puede romper! —rugió— No es una cuestión de amor, claro está. Es una cuestión de leyes y deudas. Si Matilde rompe ese compromiso, si se atreve a dejarme plantado ante toda la sociedad, todos los Valente irán a la cárcel. Tengo los documentos de los fraudes de Rodolfo. Tengo las facturas de las navieras que yo mismo cubrí con dinero que ahora exijo de vuelta. ¡Se casará conmigo aunque sea con las manos atadas!

— Pagaré la deuda de la familia —interrumpió Augusto con una calma que desarmó a Enrique— Mañana mismo mi equipo legal se pondrá en contacto con tu banco. Compraré cada pagaré, cada hipoteca y cada deuda que Rodolfo Valente tenga contigo o con este banco. Hasta el último centavo. Los Valente no te deberán nada.

Enrique se quedó mudo por un segundo, con la boca abierta. La posibilidad de que su palanca de poder desapareciera lo aterrorizó. Pero rápidamente, la envidia y el despecho tomaron el mando.

— ¿Y crees que eso me importa? —espetó Enrique, poniéndose de pie para intentar nivelar la estatura con Augusto— ¿Crees que todo se soluciona con un cheque? Ten por seguro, de la Vega, que Matilde es mía. Es mi trofeo, mi inversión de muchos años. No voy a dejar que un muerto de hambre que se hizo rico vendiendo chatarra en el extranjero se lleve lo que me pertenece desde que éramos unos niños. Nuestra unión se firmó desde que éramos unos niños.

— Esa unión no existe —repitió Augusto con asco— Y cuanto antes lo entiendas será mejor para ti. Además, ya no tienes nada que ofrecerle a una mujer como ella.

Enrique se acercó al borde del escritorio, con el rostro congestionado por la rabia.

— ¿Una mujer como ella? —se mofó— Admito que creía que era una mujer buena, una dama de alta alcurnia, pura y distante. Pero después de lo que me enteré ayer… después de ver cómo corre a los brazos de un tipo como tú en cuanto tiene oportunidad… me doy cuenta de que Matilde salió más prostituta que tu acompañante, esa actriz de segunda que llevabas del brazo. Al menos Elena Duval cobra por lo que hace; Matilde lo regala al primer sirviente que le abre la puerta.

El sonido del golpe fue seco y definitivo. Antes de que Enrique pudiera terminar la última sílaba, el puño de Augusto impactó directamente en su mandíbula. Enrique voló hacia atrás, golpeando su silla y cayendo al suelo tras el escritorio.

Augusto no se detuvo. Rodeó el escritorio con la rapidez de un depredador. La discusión ya no era un murmullo; los gritos de Enrique y el ruido de los muebles cayendo se escuchaban claramente en todo el banco. Los empleados en el vestíbulo se quedaron paralizados, mirando hacia la puerta del despacho de donde se escuchaba una violencia palpable.

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