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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 252

Capítulo 252

CAPÍTULO 168

La finca estaba lista. En la explanada principal, rodeada por los potreros de exhibición, habían montado una gran carpa de lona blanca que recordaba a las ferias antiguas. Debajo de ella, decenas de mesas redondas vestidas con manteles rústicos y centros de mesa de flores silvestres esperaban para recibir a todos los invitados.

La familia, como era de esperar, fue la primera en llegar para supervisar los últimos detalles y, como buenos anfitriones, recibir a los invitados a medida que los autobuses fletados por VegaCorp y los vehículos particulares comenzaban a cruzar el gran portón de hierro forjado.

Alexander y Lucía se movían entre la multitud como los dueños de casa perfectos que eran.

Cerca de la entrada de la carpa principal, Mateo de la Vega observaba el flujo de gente con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones. A pesar del ambiente festivo, su postura seguía siendo rígida, su mente dividida entre la celebración del legado de su padre y la sombra de Samanta que no dejaba de atormentarlo. Hacía días que no pisaba el Club Velvet.

- Toma -dijo Alexander, ofreciéndole una de las botellas- Necesitas relajarte, señor Director Global. Estás mirando a los empleados de contabilidad como si fueras a pedirles un informe de auditoría ahorita mismo.

Mateo aceptó la botella con una media sonrisa y le dio un sorbo.

- Es la costumbre, papá.

Alexander se apoyó en uno de los postes de madera que sostenían la carpa, observando a la multitud.

- Para ser honesto contigo, Mateo... por un momento dudé de que te quedaras esta noche en la finca -comentó Alexander, con un tono casual pero cargado de significado- Pensé que, tan pronto como terminara el discurso oficial de bienvenida, inventarías una excusa y te escaparías de vuelta a la ciudad. A tu departamento. O a donde sea que sueles ir cuando intentas huir de nosotros.

Mateo sintió la pulla sutil de su padre, pero sabía que venía desde la preocupación y el amor.

Alexander conocía la oscuridad porque él mismo la había habitado durante su juventud.

- No le fallaría a la familia, papá -fue la respuesta de Mateo, firme y sincera- Menos hoy, que es tu despedida de la compañía y el reconocimiento al trabajo de mamá. Sé muy bien dónde está mi deber y dónde está mi gente. Me quedo hasta que apaguen las luces y cierren los portones.

Alexander asintió, satisfecho.

- Me alegra escucharlo, hijo. Porque esta noche...

tengo el presentimiento de que va a ser larga. Tu madre ha estado conspirando con el servicio de catering toda la semana y no me ha dejado ver el menú completo de sorpresas que tiene preparado.

Antes de que Mateo pudiera preguntar a qué se refería, la atención de ambos fue desviada por un movimiento errático a pocos metros de distancia.

Y a mí me encantan las sorpresas. Ya verás. Cuando llegue, será la comidilla de la fiesta, te lo aseguro.

Haré que la mandíbula de Thiago golpee el suelo de pura envidia.

Sofía enarcó una ceja, intrigada y a la vez divertida por el ego inagotable de su primo menor.

- Bueno, espero que valga la pena tanto misterio, don Juan. Porque si hablamos de dejar a la gente con la boca abierta... -Sofía dio un paso atrás, alisándose la blusa, y su sonrisa se volvió de repente felina, casi peligrosa.

Levantó la voz lo suficiente para que no solo Benicio, sino también Mateo y Alexander, que estaban cerca, la escucharan perfectamente.

- Por eso esta noche yo también tengo preparada una sorpresa. Y créeme, Benicio... mi sorpresa hará que tu misteriosa invitada pase completamente desapercibida.

Benicio parpadeó, confundido por la repentina declaración de guerra escénica de su prima.

-¿De qué estás hablando, Sofi? Tú odias ser el centro de atención. Siempre huyes a los establos cuando hay más de diez personas juntas con copas de vino.

- Las cosas cambian, Beni -dijo Sofía, guiñándole un ojo, con un brillo de pura adrenalina en su mirada verdeSin dar más explicaciones, Sofía se dio media vuelta y caminó con paso decidido hacia la casa principal.

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