CAPÍTULO 41
Matilde, hundida en el asiento del copiloto, observaba cómo el paisaje de la universidad quedaba atrás. El pánico inicial se había transformado en horror; sabía que cualquier movimiento en falso podría hacer que Enrique perdiera el poco control que le quedaba sobre el vehículo.
Al llegar a la gran curva que dividía la carretera principal de la ruta hacia la capital, Enrique no siguió el camino esperado. Con un movimiento brusco y preciso, giró el volante hacia la derecha, en dirección al Lago de los Espejos, una zona boscosa y aislada que solía ser el refugio de los universitarios que buscaban diversión, pero que en esa época del año se encontraba desierta.
— Enrique, si vas a hablar conmigo, empieza ya —dijo Matilde, tratando de que su voz no delatara el temblor que recorría sus piernas— Me estás poniendo nerviosa. Estás conduciendo muy rápido.
Enrique, que hasta ese momento había mantenido la mandíbula apretada, comenzó a sonreír.
— Matilde, es bueno que sientas algo —respondió él, bajando ligeramente la velocidad conforme se adentraban en el camino de tierra que bordeaba el lago— El miedo es una forma de respeto, ¿no crees? Durante años solo me has mostrado indiferencia. Es refrescante verte así, atenta a cada uno de mis movimientos.
— No es respeto, Enrique, es sentido común —replicó ella, mirando el denso bosque de pinos que empezaba a rodearlos— Detén el coche. Hablemos como las personas que somos.
— Deberás tener paciencia, querida. Aún no llegamos al lugar al que quiero llevarte —Enrique giró la cabeza hacia ella por un segundo, y Matilde vio en sus ojos una desconexión total con la realidad— He estado pensando mucho. Hace mucho tiempo que no estamos en una cita, ¿no te parece? El ruido de la ciudad, los bancos, tu padre… todo eso nos ha robado nuestro tiempo de calidad.
Matilde sintió un escalofrío. La forma en que Enrique hablaba, como si estuvieran en un idilio romántico y no en medio de un secuestro.
— Como se me ocurrió de forma muy repentina, temo que no lo he preparado del todo bien —continuó él, con un tono de disculpa maníaco— Es un lugar ideal para hacer un picnic, un rincón que mi abuelo solía visitar conmigo cuando era niño. Pero me he olvidado la cesta de comida en la casa. Qué descuido el mío, ¿verdad?
Matilde vio una oportunidad. Trató de suavizar su tono, de apelar a la lógica del hombre que alguna vez fue.
— Enrique, si has olvidado la cesta, no importa. Podemos volver a la residencia ahora mismo. Preparemos la cita como es debido. Busquemos comida, una buena botella de vino, y regresemos cuando todo esté listo. Así será perfecto, como tú quieres.
Enrique detuvo el coche de golpe en medio del sendero. El silencio que siguió fue ensordecedor. Miró a Matilde con una fijeza que la hizo contener la respiración.
— No —sentenció él, y su voz volvió a ser gélida— Ya no quiero dar marcha atrás. No volveremos, Matilde. El día está hermoso para disfrutar de la naturaleza, ¿no te parece?
Matilde miró por la ventana. Era cierto. Era un día fresco, con un sol radiante que se filtraba entre las copas de los árboles, creando dibujos de luz sobre la tierra seca. Era un día que, en cualquier otra circunstancia, habría sido perfecto para pintar o caminar. Pero bajo la sombra de la locura de Enrique, la belleza del paisaje se sentía como una burla.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.