CAPÍTULO 43
El sendero que bordeaba el Lago de los Espejos era un lugar que, en otras circunstancias, Matilde habría calificado como idílico. Ella había estado allí antes, un año atrás, junto a su amiga Teresa. Recordaba que en aquella ocasión habían reído mientras compartían confidencias sobre sus sueños y bocetos. Pero hoy, el paisaje parecía haber perdido su color.
Enrique Saldívar se movía con una energía errática. Sus pasos eran pesados y sus manos, hundidas en los bolsillos de su chaqueta de lana, se cerraban en puños que hacían tensar la tela.
— Es un lugar hermoso, ¿verdad? —dijo Enrique de repente, aunque su voz no contenía ni un rastro de apreciación estética. Era un sonido áspero, cargado de una ironía que erizaba la piel.
— Lo es, Enrique. Pero no entiendo qué estamos haciendo aquí —respondió Matilde, tratando de mantener su voz lo más nivelada posible— Debería estar en clase. Tengo una entrega importante y tú deberías estar en el banco, trabajando.
Enrique soltó una carcajada seca; se detuvo en medio del sendero y se giró hacia ella. Su rostro estaba congestionado y sus ojos, inyectados en sangre, buscaban los de ella con una fijeza perturbadora.
— ¿El banco? ¿Tus clases? —repitió él, dando un paso hacia ella— ¿De verdad crees que eso importa hoy? Después de lo que hiciste ayer en la subasta, ¿crees que podemos seguir fingiendo que todo está bien?
Matilde retrocedió un paso, pero el terreno irregular la obligó a detenerse.
— Yo no hice nada en la subasta, Enrique. Fue ese hombre quien decidió pujar por el cuadro. Yo no puedo controlar lo que los demás hacen con su dinero.
— ¡No me mientas, Matilde! ¡No soy tonto! —rugió Enrique — Ese hombre te conoce. Te conoce desde hace mucho más tiempo del que ambos están dispuestos a admitir. Lo vi en la forma en que se miraban. Lo vi en cómo te defendió como si fueras su propiedad privada. No me digas que lo conociste en esa cena en tu casa. Mi instinto me dice que hay una historia mucho más sucia detrás.
Matilde sintió que el corazón se le subía a la garganta. La verdad estaba allí, suspendida entre ellos, pero no podía entregarla.
— ¿Fecha para qué? Te has vuelto loco.
— ¡No quiero más excusas! —gritó Enrique, apretando más sus dedos sobre los hombros de ella— Nos vamos a casar ya. He sido el hazmerreír de la ciudad durante tres años. "La eterna prometida", así te llaman. He financiado los caprichos de tu padre, he cubierto los agujeros de sus barcos que no navegan y he esperado pacientemente a que terminaras tus estúpidos estudios de arte. Se acabó el tiempo.
— No, Enrique… así no —suplicó Matilde, sintiendo que las lágrimas empezaban a nublar su vista— No puedes obligarme a fijar una fecha en medio de un bosque, bajo amenazas. Esto no es una unión basada en el respeto mutuo.
— ¿Así no? —Enrique soltó una risa maníaca y bajó sus manos hacia los antebrazos de Matilde, jaloneándola hacia él— ¿Y cómo quieres que sea? ¿Con música de violines y pétalos de rosa mientras tú sigues soñando con ese hombre de pacotilla? ¡Estoy cansado de las excusas!
Matilde intentó soltarse, pero Enrique era mucho más fuerte y la rabia parecía haberle dado una potencia inhumana.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.