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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 451

CAPÍTULO 40

Matilde no había podido dormir esa noche tras la subasta; no encontraba la razón por la cual Augusto había pagado tanto por su cuadro. Sabía que aquello le traería consecuencias, pero estaba decidida a pelear por su vida. Ya no se iba a preocupar por su familia, por Enrique o por el «qué dirán».

De pronto, un bedel de la facultad asomó la cabeza por la puerta, sacándola de sus pensamientos. Ella estaba en clase solo de cuerpo presente; no había prestado la más mínima atención a la lección.

— Señorita Valente, perdone la interrupción. Se encuentra un caballero en el patio principal exigiendo verla. Dice que es urgente.

Matilde frunció el ceño. Pensó en Augusto por un segundo, con una chispa de esperanza, pero la descartó de inmediato. Augusto no "exigiría" verla; él simplemente no era así.

— ¿Quién es? —preguntó ella, limpiándose las manos con un trapo manchado de tinta.

— Es el señor Saldívar, señorita. No parece estar muy dispuesto a esperar.

El corazón de Matilde se hundió. Dejó sus cosas sobre la mesa y salió al patio. Allí, bajo el arco de la entrada principal, vio a Enrique. Su ropa estaba arrugada, como si no se hubiera cambiado desde la noche anterior, su cabello estaba desordenado y sus ojos, inyectados en sangre, denotaban una falta de sueño y un exceso de alcohol que helaba la sangre.

— Enrique, ¿qué haces aquí? —preguntó Matilde al acercarse, manteniendo una distancia prudencial— Me informaron que tenía una visita, pero… no te esperaba a estas horas. Menos después de lo que sucedió ayer.

Enrique no respondió con palabras. Se acercó a ella con una rapidez depredadora. Antes de que Matilde pudiera reaccionar, Enrique la agarró del brazo con una fuerza que le arrancó un gemido de dolor.

— Tenemos que hablar, Matilde —dijo él, con una voz ronca y cargada de una malevolencia que ella nunca le había escuchado.

— Enrique, suéltame, me estás lastimando —suplicó ella, tratando de zafarse— Hablemos aquí, si es necesario, pero suéltame. Hay gente mirando.

— ¡No me importa quién mire! —rugió él, tirando de ella hacia el exterior del recinto.

Matilde forcejeó, pero Enrique estaba poseído por una furia ciega. La arrastró por el camino empedrado, ignorando las miradas confusas de otros estudiantes y profesores, hasta llegar a su coche, que esperaba con el motor en la entrada del edificio.

— ¡Sube al coche! —ordenó Enrique, abriendo la puerta del pasajero.

— Si no vas a ser mía, no serás de nadie, Matilde —dijo Enrique finalmente, su voz era un susurro gélido que la asustó más que sus gritos— De la Vega cree que puede comprarlo todo. Cree que puede entrar en mi ciudad y llevarse lo que he cuidado durante tantos años. Pero se equivoca.

— ¿De qué estás hablando? ¿Qué tiene que ver Augusto de la Vega en esto? —preguntó ella, el nombre de Augusto dándole un nuevo motivo para el terror.

— ¡No pronuncies su nombre! —gritó Enrique, dando un volantazo que hizo que el coche derrapara ligeramente antes de recuperar la trayectoria— Sé que te estuvo buscando durante la subasta. Sé que tu padre está planeando entregarte a él como si fueras una yegua de carreras. Pero antes de que eso pase, te aseguro que no quedará nada de ti para que él reclame.

— ¡Enrique, vas a chocar! ¡Frena! —gritó Matilde cuando vio que se acercaban a una curva cerrada en la carretera que bordeaba el acantilado hacia la ciudad alta.

Él no se detuvo. Al contrario, pisó el acelerador a fondo. El viento azotaba el coche y el sonido de los frenos al intentar corregir la trayectoria gritaba en la mañana. Matilde cerró los ojos y se aferró al asiento.

— ¡Detente, Enrique! ¡Por lo que más quieras! —sollozó ella.

Pero Enrique Saldívar ya no escuchaba razones.

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