CAPÍTULO 44
— Escúchame bien, Matilde Valente —dijo él, bajando la voz a un susurro que la asustó más que sus gritos— O accedes a lo que digo, o hoy mismo me adueñaré de toda la naviera de tu padre. Tengo los documentos en mi despacho, tengo las garantías firmadas por Rodolfo. Un solo movimiento de mi pluma y tu familia se queda en la calle. ¿Es eso lo que quieres? ¿Ver a tu madre pidiendo limosna porque tú no quieres cumplir con tu deber?
— Eres un monstruo —susurró Matilde, temblando de pies a cabeza.
— Soy un hombre que ha sido estafado —replicó Enrique con odio— Te he esperado todos estos años, he puesto mi reputación y mi dinero en manos de tu familia, ¿y qué he recibido a cambio? Nada. Ni un beso honesto, ni una mirada de afecto, solo frialdad y desplantes. Es momento de cobrar la deuda, Matilde. Y el pago eres tú.
Matilde sintió que el miedo la paralizaba. Nunca había visto esa determinación y ese odio en los ojos de Enrique. Ya no era el banquero arrogante pero predecible; era un hombre herido en su orgullo más profundo, dispuesto a destruir todo a su alrededor con tal de no sentirse perdedor.
Enrique relajó un poco el agarre, creyendo que la había quebrado. Fue un descuido, un segundo de exceso de confianza. Matilde, movida por un instinto de supervivencia que no sabía que poseía, dio un tirón violento y logró zafarse de sus manos. Sin pensarlo, giró sobre sus talones y empezó a correr por el sendero, en dirección contraria al lago, buscando la carretera.
— ¡Matilde! ¡Vuelve aquí! —gritó Enrique tras ella.
Ella corría con todas sus fuerzas, ignorando el dolor en sus pulmones y cómo las ramas de los arbustos rasgaban parte de su ropa. Sus tacones se enterraban en la tierra, dificultándole el paso, pero el pánico era un motor poderoso. Podía oír los pasos pesados de Enrique detrás de ella, acercándose cada vez más.
— ¡No puedes huir de mí! —vociferó él— ¡Ya es demasiado tarde!
Matilde tropezó con una raíz expuesta y cayó de rodillas. Antes de que pudiera levantarse, sintió el peso de Enrique sobre ella. Él la alcanzó rápidamente, la agarró por la cintura y la giró con brusquedad, quedando encima de ella en el suelo del bosque.
— ¿Crees que esto es un juego? —jadeó Enrique, con el rostro a pocos centímetros del de ella— ¿Crees que puedes correr hacia él?
— ¡Déjame ir, Enrique! ¡Por favor! —gritó Matilde, golpeando su pecho con los puños.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.