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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 450

CAPÍTULO 39

Augusto ya le había dado la espalda, decidido a no otorgarle ni un segundo más de su tiempo, pero Enrique no estaba dispuesto a dejarlo marchar con la última palabra. El alcohol le había arrebatado la prudencia, dejando solo la bilis de un hombre que se sabe derrotado.

— ¿Crees que te llevas un diamante, de la Vega? —gritó Enrique, su voz arrastrada y chillona rompiendo la paz de la medianoche— ¿Crees que por poner cien mil dólares sobre una mesa te conviertes en el dueño de algo puro?

Augusto se detuvo en seco. No se giró de inmediato, pero sus hombros se tensaron bajo la tela del abrigo. Rodolfo Valente, que observaba la escena con un creciente pavor, dio un paso hacia su yerno, tratando de tomarlo del brazo.

— Basta, Enrique. Vámonos. Estás haciendo un espectáculo lamentable —suplicó Rodolfo, mirando de reojo hacia las ventanas del hotel Imperial, temiendo que algún socio o periodista estuviera presenciando el desplome de su linaje.

— ¡Déjame, Rodolfo! —Enrique se zafó con un movimiento brusco, tropezando levemente— Tu socio aquí presente tiene que saber la verdad. No quiero que se lleve sorpresas cuando intente reclamar su premio.

Augusto se giró lentamente. Sus ojos eran dos cuchillos que buscaban la garganta de Enrique. No había miedo en él, solo un asco profundo que parecía enfriar el aire a su alrededor.

— Habla rápido, Saldívar —dijo Augusto, su voz era un susurro letal— Mi paciencia es mucho más corta que tu cuenta bancaria.

Enrique soltó una risa amarga y se acercó un par de pasos, invadiendo el espacio de Augusto con la valentía que solo dan las botellas vacías.

— Te gusta el arte, ¿no? —se mofó Enrique— Pues déjame decirte algo sobre esa pieza que tanto codicias. Matilde ya fue mía, de la Vega. Mía en todos los sentidos que un hombre puede poseer a una mujer. Esos tres años de compromiso no han sido solo de simple espera. Me he cobrado cada centavo de la deuda de su padre en su propia piel.

Rodolfo Valente se puso pálido como la cera.

— ¡Enrique! ¡Cállate! No te permito que hables así de mi hija —exclamó Rodolfo, aunque su voz carecía de la fuerza necesaria. Lo que realmente le aterraba no era el honor de Matilde, sino que Enrique estuviera devaluando la mercancía frente al hombre que ahora era su única tabla de salvación. No quería que se hablara de su hija de esa forma en plena calle.

Enrique ignoró a su suegro, manteniendo la vista fija en Augusto, buscando cualquier señal de dolor en el rostro del magnate.

Augusto los miró con un asco infinito. Uno por mentiroso y cobarde, el otro por cómplice y mercader.

— Si me disculpan —sentenció Augusto, dándoles la espalda definitivamente— Tengo cosas más importantes que atender que sus disputas familiares. Mi tiempo es oro, y ya lo he desperdiciado demasiado con ustedes esta noche.

Augusto se alejó caminando hacia la oscuridad de la noche, con el paso firme y la mente despejada. Ya no le importaba el casino, ni los negocios, ni la auditoría del banco que planeaba para el lunes. Lo único que importaba era que Matilde seguía siendo Matilde Valente en el papel, y él se encargaría de que lo fuera también en su vida.

«No se casó», se repetía una y otra vez como un mantra de guerra. «Me esperó de la única forma en que pudo: resistiendo».

Mientras tanto, en la acera, Enrique Saldívar miraba la espalda de Augusto, gritando insultos que ya nadie escuchaba. Rodolfo lo arrastraba hacia su coche, avergonzado y temeroso. Enrique sabía que su mentira no había surtido efecto, y eso lo volvía aún más peligroso.

— No te la llevarás, de la Vega —juró Enrique, sollozando de rabia mientras el taxi arrancaba— Antes de que ella sea tuya, destruiré todo lo que ella ama. Incendiaré todo lo que ella ama si hace falta.

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