Capítulo 34
CAPÍTULO 19
El despertador digital de Alexander cobró vida a las 5:00
de la mañana con la sutileza de un taladro.
Alexander estaba profundamente dormido, sumergido en un descanso reparador que no experimentaba desde hacía años. El ruido infernal lo arrastró de vuelta a la realidad.
Gruñó, intentando abrir un ojo, pero antes de que pudiera mover un músculo para buscar el aparato, sintió un peso cálido y suave caer sobre él.
Lucía, guiada por la desesperación del sueño interrumpido y con los ojos completamente cerrados, se había lanzado a través de la cama buscando el origen del ruido. En su intento torpe de alcanzar la mesita de noche del lado de Alexander, terminó trepando literalmente sobre el pecho de su esposo.
Alexander sintió el cuerpo de ella presionando contra el suyo, el pijama de algodón suave rozando su piel, y el cabello de ella haciéndole cosquillas en la barbilla. Su cerebro tardó un segundo en procesar lo que ocurría, pero su cuerpo reaccionó al instante.
Abrió los ojos y se encontró con el rostro de Lucía a centímetros del suyo, con el ceño fruncido y tanteando a ciegas el reloj.
Finalmente, ella golpeó el botón de apagado con violencia. El silencio volvió a la habitación.
Lucía soltó un suspiro de alivio, dejando caer la frente sobre el hombro de Alexander, usándolo como almohada improvisada.
- Qué manera extraña de despertar a tu esposo...
-murmuró Alexander, con la voz ronca de la mañana y una sonrisa divertida curvando sus labios-. Buenos días, querida esposa.
Lucía no se movió. Solo murmuró contra su clavícula:
- Apaga ese maldito aparato de una vez. Son las cinco de la mañana. Es inhumano.
- Ya está apagado. Gracias a tu intervención táctica. -Alexander le pasó una mano por la espalda, disfrutando del contacto-. Aunque, debo admitir... retrocedamos a cinco segundos antes.
Me gustaba más cuando estabas encima de mí buscando el botón.
Lucía se tensó al darse cuenta de su posición.
Abrió un ojo, vio el pecho de Alexander debajo de ella y rodó hacia su lado de la cama como si el colchón estuviera en llamas. Se envolvió en el!
edredón hasta la nariz.
- Quítate esas ideas de la cabeza -refunfuñó ella, con la voz pastosa-. E intenta no hacer más ruido.
Quiero seguir durmiendo un rato más.
Alexander se apoyó en un codo, mirándola con curiosidad. El bulto bajo las sábanas apenas se movía.
- ¿Y no era que eras una madrugadora?-le pinchó él-. ¿Tus animales no te esperan? Ayer dijiste que tenías que revisar al gatito a las siete.
- Luis abre hoy. Déjame en paz -fue la respuesta amortiguada-. Anoche tuve una gala, una pelea con mi ex y una mudanza. Tengo derecho a dormir una hora más.
Alexander soltó una risa suave.
Alexander se giró. Rodrigo bajaba las escaleras ajustándose un reloj de oro excesivamente grande.
Tenía ojeras, probablemente fruto de una noche escuchando las quejas de su esposa Elisa.
-¿Vamos juntos? -insistió Rodrigo, con una sonrisa que pretendía ser camaradería pero que olía a estrategia.
Alexander suspiró imperceptiblemente. Prefería viajar solo, escuchando las noticias financieras, pero negar el viaje a su primo frente al personal de la casa se vería mal.
Solo le hizo un gesto con la cabeza para que se subiera al coche.
- Sube.
- Oye, Alex -empezó Rodrigo, girándose hacia él -. Estaba pensando en lo de anoche. Lo de la Fundación.
- ¿Qué pasa con la Fundación? -preguntó Alexander, revisando unos correos en su tablet, sin levantar la vista.
- Bueno... Elisa está un poco alterada. Ya sabes cómo es. Lleva años trabajando duro en la organización de los eventos, y siente que el nombramiento de Lucía fue un poco... precipitado.
Por parte del abuelo, claro.
- El abuelo toma decisiones precipitadas, es su estilo -respondió Alexander con frialdad-. Pero suelen ser decisiones acertadas.
- Sí, claro, pero... -Rodrigo carraspeó-. Me preguntaba si podías hacer algo. Ya sabes, hablar con él. Sugerirle que la dirección de la fundación siguiera solo a cargo de Elisa, o al menos que Lucía tuviera un rol más... honorario. Simbólico.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.