CAPÍTULO 30
Matilde caminaba por el salón principal, sintiendo que sus tacones resonaban con una cadencia nerviosa. Sus dedos rozaban distraídamente el borde de los marcos de las obras de sus compañeros, hasta que se detuvo frente a una pared lateral, protegida por una iluminación tenue.
Allí estaba. Por primera vez en su vida, un cuadro de su propia autoría se exponía al escrutinio del mundo. No era un paisaje tradicional ni un bodegón inerte. Era una obra cargada de pinceladas violentas y sombras profundas: un mar embravecido bajo un cielo de tormenta, donde una pequeña luz en el horizonte parecía a punto de ser devorada por la oscuridad. Era su alma puesta en un lienzo, el resumen de sus tres años de espera y desesperación.
— Es fascinante —susurró Matilde para sí misma, con el corazón martilleando contra sus costillas— Finalmente lo logré.
Pero la paz de su triunfo personal duró apenas un suspiro. Un aroma que conocía muy bien, mezcla de ginebra y tabaco invadió su espacio personal antes de que pudiera escuchar los pasos de quien se acercaba por detrás. Matilde cerró los ojos un segundo, sintiendo que el frío le recorría la espalda. No necesitaba girarse para saber quién era.
— Querida, estás preciosa como siempre. Realmente pareces una musa salida de uno de estos cuadros.
Matilde se giró con lentitud, enfrentándose a la sonrisa cínica de Enrique Saldívar. Él vestía un esmoquin que, aunque lujoso, se veía ligeramente arrugado, y su mirada tenía ese brillo vidrioso de quien ha comenzado a beber antes del mediodía.
— Enrique —dijo Matilde, manteniendo la voz nivelada pero gélida— Mi madre me dijo que hoy vendrías, aunque, para ser sincera, no te esperaba.
Enrique soltó una risita seca, acortando la distancia entre ambos de una manera que a Matilde le resultó invasiva.
— ¿Cómo no iba a acompañar a mi querida novia en un día tan especial como hoy? Sería un pecado dejarte sola en este día tan especial para ti. Además, como futuro esposo, tengo que velar por mi inversión.
Matilde sintió una náusea repentina. Enrique extendió sus manos, tratando de capturar las de Matilde en un gesto de falso afecto para las miradas indiscretas de los invitados que circulaban cerca. Matilde retrocedió de inmediato, escondiendo las manos tras su espalda.
— Ni lo intentes, Enrique —advirtió ella con un susurro cortante— No necesitas fingir una devoción que ninguno de los dos siente.
La sonrisa de Enrique se desvaneció instantáneamente, siendo reemplazada por una mueca de amargura y peligro. Sus ojos se entrecerraron y dio un paso más, acorralándola sutilmente contra la pared donde colgaba su cuadro.
— Escúchame bien, Matilde —dijo Enrique, bajando la voz hasta convertirla en una amenaza letal— No creas que soy un idiota. No creas que no sé que tu padre intenta correrme después de tanto tiempo. Sé que ha estado hablando con ese de la Vega, buscando una oferta mejor por tu mano.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.