Capítulo 300
CAPÍTULO 216
Héctor se olvidó por completo de Samanta y de sus amenazas de la noche anterior. La urgencia de mantenerla controlada pasó a un segundo plano ante el torrente de bilis que el recuerdo de Alexander le había provocado. Le recordó todo lo que no pudo ser.
Se dirigió hacia la torre VegaCorp.
Estuvo toda la mañana viendo el movimiento desde afuera, apoyado contra la pared de una cafetería cercana. Vio a decenas de ejecutivos entrar y salir por las puertas giratorias, hablando por teléfonos de última generación y cargando maletines, pero ya no reconocía a nadie.
Se arriesgaría a entrar. Tenía que ver el interior una vez más. Aprovechando el grupo de un equipo de ventas que regresaba de comer, Héctor se pegó a ellos, simulando hablar por teléfono y pasando el torniquete justo antes de que se cerrara tras el último empleado.
Subió al ascensor y marcó instintivamente el piso donde se encontraba su antigua oficina.
Las puertas se abrieron.
Héctor caminó con paso silencioso, guiado por la memoria muscular. Fue hasta su antigua oficina, la que había ocupado durante sus años de gloria como Director Legal antes de su escandalosa salida.
La puerta estaba entreabierta.
No pudo evitar entrar.
El espacio estaba muy cambiado. El escritorio de madera oscura y pesada que él había elegido había sido reemplazado por una mesa de diseño minimalista de mármol blanco. Las estanterías, antes llenas de códigos civiles y carpetas de cuero que él usaba para aparentar trabajo, ahorа exhibían premios de innovación tecnológica, gráficos de crecimiento en mercados asiáticos y libros de estrategia internacional.
La habitación era fría y carente de cualquier calor humano.
Héctor paseó la mano por el borde del escritorio, sintiendo una envidia punzante. Todo eso debería haber sido suyo si no hubiera sido tan torpe con Victoria Navarro.
Estaba tan absorto en su autocompasión que no escuchó el sonido de los tacones sobre la alfombra del pasillo hasta que fue demasiado tarde.
Una joven mujer muy elegante y con un traje sastre blanco inmaculado, entró al despacho y se detuvo en seco al ver al intruso invadiendo su territorio.
- ¿Quién eres y qué haces aquí? -preguntó ella, con una voz cortante que no mostraba miedo, sino una exigencia absoluta de autoridad.
Héctor se sobresaltó, pero los años de supervivencia en la calle le habían enseñado a no mostrar pánico. Se giró lentamente, componiendo una máscara de melancolía inofensiva.
- Perdone, señora -respondió él, suavizando el tono- Antes trabajaba aquí, en este mismo despacho. Estaba por la zona y sentí nostalgia. La puerta estaba abierta y... me atreví a mirar. Ha cambiado mucho.
Karla lo evaluó de arriba abajo con sus ojos oscuros, escaneando el traje gris que, aunque decente, gritaba fuera de temporada y de presupuesto para este piso de VegaCorp. Sin embargo, el hombre no parecía un ladrón común, y su forma de hablar denotaba cierta educación corporativa.
- Es mi oficina ahora -sentenció Karla, cruzándose de brazos, sin relajar su postura territorial- Y la seguridad en este edificio es deficiente si cualquier empleado nostálgico puede llegar hasta la planta ejecutiva sin pase de visitante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.